jueves, 10 de julio de 2008

El trabajo asalariado: incompatile con el sentido de dignidad del cubano.

Por: Roberto Cobas Avivar

"Los que piensan en un cambio de 180 grados en el modelo de sociedad y estado cubanos, deberían respondernos si dicho cambio asume la transformación del trabajo asalariado estatal en trabajo asalariado privado. Es decir, si lo que nos proponen es que no sea el Estado - que estamos de acuerdo no es el más eficiente administrador, por lo menos no en todo lo que administra -el que capitalice el valor del plustrabajo, sino que sea el propietario privado el que lo haga."


El mito de la libertad del ciudadano asalariado es, por supuesto, el opio con que se drogan las multitudes asalariadas en las sociedades capitalistas. La dicotomía entre el sentido de emancipación que implica la ciudadanía y la naturaleza esclava de la condición de asalariado, para ser digerida, se intenta disfrazar minuto a minuto con la mediocridad existencial que significa elevar la autoestima entrando a un establecimiento comercial para consumir o contemplar.

La vulgaridad del pensamiento de las supuestas elites de los establecimientos políticos en los estados burgueses- ponga Ud. cualquiera de ellos, más visible si se trata de los europeos y más elocuente de España en particular - se acopla a la mediocridad intelectual de sus inteligentzias. El proyecto de idiotizar a las multitudes asalariadas ha cobrado vida propia y acaba cobrándose a las propias elites del establecimiento cultural capitalista.

Si como ilustración de la constatación anterior se toma la idea con la que el Presidente del Gobierno español, J.L.Zapatero, clausura el Congreso del PSOE (véase el significado de las siglas: Partido Socialista Obrero Español), no se piense con igual complicidad mediocre que se trata de simples y habituales eslóganes políticos. "Gracias, todas las gracias, a trabajar y también conviene que consumáis", (subrayado mío, 05.07.2008). Ha sido la despedida en un supuesto congreso de ideas políticas.

¿Qué relación guardan los valores económicos con otra clase de valores? Se pregunta G.Soros. "No es una pregunta que se pueda contestar de manera eterna y universalmente válida, salvo decir, que los valores económicos por sí mismos, no pueden ser suficientes para sostener a la sociedad"[1] (subrayados míos). El financista especulador razona espantado por lo que percibe a medida que la mente se le hunde en el agujero negro de los mercados capitalistas. En cambio, el Líder del llamado partido obrero, consciente del 20% de la población del país que subsiste en los umbrales de la pobreza, del endeudamiento al 110% de las familias, del encarecimiento del crédito para beneficio de los dueños del capital financiero con otro boom, el hipotecario, de la precariedad del trabajo que aqueja a la juventud, de los inalterables beneficios de las grandes compañías que tonifican la economía? llama a sus conciudadanos socialistas a consumir. Toda la retórica seudo socialista (léase: socialdemócrata) viene a aceptar que en última instancia la cohesión social de la sociedad capitalista, como he explicado, la definen los mercados.

El establecimiento político capitalista ya no escapa - si acaso alguna vez escapó - al prosaísmo del establecimiento comercial. "La libertad sólo está garantizada cuando los recursos más elementales pueden ser exigidos ante un juez y no suplicados de la buena voluntad de nadie". Así nos explica la condición de libertad en el Estado de Derecho Burgués la Ponencia Marco del Congreso del PSOE. De la misma manera que el consumidor aborregado busca justicia en la oficina de Derechos del Consumidor. Tanto el consumidor prosaico, impotente ante su propia condición de pertenecer al bajo clero de los mortales asalariados, como el político vulgar en plena conciencia del cinismo de sus definiciones, saben que unos tienen acceso a agencias de abogados ilustrados y bien conectados y otros a abogados de oficio. La diferencia puede llevarte a una cárcel injustamente o escapar de ella impunemente. No nos asustemos, es sólo una verdad objetiva.

"La lucha por la igualdad, entendida no como uniformidad, sino como diversidad no dominada, es un rasgo esencial del proyecto político socialista". El rasgo, obviamente, es lo aparente que desplaza lo esencial: el principio. La ilusión de diversidad la propicia la libertad de comportamiento individual[2]. El comportamiento individual se eleva como una categoría metafísica de la libertad. El oportunismo político de la subjetividad subordina la no dominación al hecho del comportamiento individual con que se nos define la diversidad. El guisado del discurso político cursiestá adecuadamente condimentado. Justo para el consumo de un público que previamente hemos convertido en galeras. Cualquier simple ejercicio positivista podría desdoblar la falacia del discurso socialista de la socialdemocracia.

Pero hagámoslo del siguiente modo:

Si el principio que rige el trabajo asalariado no se toca, la lucha por la igualdad se convierte en un rasgo morfológico. Ello permitiría ignorar que el trabajo asalariado es por antonomasia una condición de dominio de los poseedores del capital sobre el trabajador-proletario. Es decir, sobre el individuo que para subsistir vende su fuerza de trabajo.

La condición de dominación sobre el trabajador se da por igual en la maquiladora que esquilma a las mujeres mejicanas en Tijuana que con los teleoperadores de cualquier plataforma de las comunicaciones sea en Madrid o Barcelona. Levantar la voz de protesta contra el patrón por mejoras salariales o condiciones de trabajo (no ya por la condición de asalariado) implica allá o acá la represión que va desde el mobbing hasta la expulsión individual, o en masa si el mercado lo necesitara. Buscar la prebenda a través de las complicidades de favores se legitima, puestas las cosas ante la fuerza de las patronales que defienden y son defendidas por el estatus burgués del estado capitalista. El sindicalismo ha decido claudicar y ya no es más, porque serlo no puede, la organización que defiende los intereses económicos de los trabajadores, afiliados o no. Los convenios colectivos de trabajo constituyen el pacto social que el capital le impone al trabajo, la flexibilidad laboral y salarial los principios para contrarrestar la tendencia decreciente de las tasas de ganancia. La recurrencia de las huelgas de trabajadores continúa siendo la expresión de las desesperaciones ante el eufemismo político de la diversidad no-dominada del trabajo asalariado.

Es obvio que cuando hablamos del proyecto socialista cubano estamos planteando una alternativa antagónica al proyecto socialista de las socialdemocracias capitalistas.

Entender o no dicha diferencia conceptual establece las definiciones ideológicas entre enemigos del proyecto socialista cubano y amigos del proyecto socialista de las socialdemocracias, sean éstas la española, la alemana o cualquier otra. En calidad de proyectos, ambos son procesos perfectibles, pero siempre antagónicos. En el segundo caso se tenderá al perfeccionamiento de la obtención de plusvalía por los capitalistas; en el primero, al perfeccionamientode los equilibrios del beneficio entre trabajadores. En ambos casos se tratará de la legitimación de las relaciones socioeconómicas que a unos aseguran el dominio sobre otros y a aquellos la igualdad entre productores. Que no es uniformidad, en eso coinciden los proyectos, sino la ausencia de la explotación del prójimo que implica el trabajo asalariado en condiciones de propiedad privada sobre el capital, cuestión en la que naturalmente difieren los proyectos.

He hablado del trabajo asalariado, es decir, del mismo carácter del trabajo en las condiciones del proyecto socialista cubano. Y no hay contradicción conceptual económica en el principio socialista, sino en el contenido político.

Contrariamente a cómo asumen algunos pensadores marxistas cubanos, y a cómo pudiera inferirse de determinadas ideas de los trabajos de C.Marx y V.I.Lenin, este autor entiende necesario discernir entre lo que se ha dado en llamar capitalismo y socialismo de estado. Como no es éste un ensayo que lleva el objetivo de establecer una discusión anodina sobre este particular, el lector tiene la oportunidad del discernimiento a partir de la deducción lógica.

La esencia del sistema capitalista, lo que lo define como formación socioeconómica, es la propiedad privada sobre los factores de producción, materiales e inmateriales. Sin el predominio de la propiedad privada no existiría el modo de producción capitalista. Fuera cualquier otra cosa. La propiedad privada sobre la fuerza de trabajo, indirectamente sobre Ud. y sobre mí, en tanto trabajadores asalariados, es lo único que permite la apropiación de todo el plustrabajo que nuestro trabajo genere. Es plustrabajo por definición política. Producimos lo que necesitamos para reproducirnos de manera ampliada, pero producimos siempre algo más. Ese algo más no es objeto de nuestra apropiación. Ese algo más pertenece al dueño que nos ha empleado por esa misma razón de ser el dueño de los factores de producción, de nuestra fuerza de trabajo (por la que nos paga un salario) y de los materiales, instrumentos y recursos financieros. La condición de propietario le es reconocida por el Estado de Derecho burgués como el derecho exclusivo de disponer unilateralmente del producto de nuestro trabajo (de ese tornillo, el coche, la patineta, el pan, etc). Los propietarios no nos preguntan cómo quisiéramos que fueran enajenados (vendidos) los productos y cómo repartidos los beneficios. Ese es un derecho exclusivo de los propietarios. Nuestro deber, a la luz del derecho burgués, es trabajar, recibir el salario, callar y consumir para que no se detenga, por falta de consumo, la espiral reproductiva del capital, que ya sabemos tampoco es nuestro. En los estados burgueses donde la lucha obrera ha obligado a moderar la depredación de los propietarios, se establece un salario mínimo. Nosotros podemos o no ahorrar algo de nuestros salarios para consumir. Ese ahorro no es capital, no es dinero en el sentido de la formación y reproducción de capital. Nosotros somos simplemente trabajadores-consumidores. Ese es nuestro papel dentro del modo de producción capitalista. Somos el 99% de la PEA.

Toda la reproducción de capital es gestionada por los dueños (a través de las gerencias asalariadas, mejor o peor pagadas) y toda la acumulación es patrimonio de los propietarios privados, no del Estado. El estado capitalista en última instancia se subordina a los intereses del propietario privado. El clientelismo del Estado capitalista es la expresión de esa subordinación. Fenómeno que se da descarnadamente en países capitalistas menos ?civilizados? y más subrepticiamente en los llamados desarrollados. El capitalismo de Estado es la conjugación de los intereses del capital privado con el poder político de un estado en esencia corporativo.

En consecuencia, no es posible definir la condición del proyecto socialista cubano actual como un capitalismo de estado. La endebles de tal idea parte, primero, del hecho de no ser la propiedad privada el eje del modo de producción ni, por lo tanto, de las relaciones socioeconómicas en Cuba. En consecuencia, no es el trabajo asalariado una condición de enriquecimiento privado de grupo social alguno. El trabajo asalariado bajo condiciones de propiedad estatal sobre los factores de producciónpermite la reproducción social del capital y su acumulación estatal centralizada, pero no privada, no es excluyente por definición y práctica social. La diferencia cualitativa esencial con el capitalismo de estado, estriba en que la concentración de capital en Cuba está sujeta a una distribución eminentemente social de la renta nacional.

No he querido decir ni dicho que el trabajo asalariado bajo la propiedad estatal, tal como se da en Cuba, no constituya un factor de alienación de la libertad del individuo. Eso es precisamente lo que he venido a demostrar. Que al no poder decidir el ciudadano sobre la remuneración autónoma de su trabajo, su libertad queda condicionada por el poder económico del Estado, propietario monopólico. En la sociedad capitalista ese condicionamiento de la libertad nos lo define el propietario privado de los medios de producción, que es quien nos paga por nuestra fuerza de trabajo. En Cuba lo hace el arbitrio del Estado.

Existe la idea entre los detractores incultos del proyecto socialista cubano, de que no vale el argumento sobre la inexistencia de la explotación del trabajo asalariado en Cuba, por el hecho de ser estatal la propiedad. Los que así piensan claramente se equivocan, exprofeso o por ignorancia. La explotación del trabajo es un concepto político aunque su mecanismo sea económico. El plustrabajo que no se le retribuye al trabajador en Cuba es la fuente de la acumulación de capital para el Estado y objeto de redistribución social centralizada (el subrayado es de importancia conceptual). Esa es precisamente la esencia del socialismo de estado cubano. Y ése es justamente - tal como vengo llamando la atención - el objeto primero del cambio conceptual que necesita introducirse en el proyecto socialista cubano.

El problema no es que sea inapropiado el acaparamiento por el Estado de toda la plusvalía que genera el trabajo, sino que no sea el trabajador el que defina los términos de su gestión. Esa gestión no se da sólo a nivel de la empresa sino, además, en la participación social que define los principios generales de la distribución del producto nacional. Puesto que el centralismo estadual ha demostrado su incapacidad para devolverle al trabajador de manera eficiente todo ese plusvalor. No es una incapacidad funcional sino estructural del Estado. Los salarios centralmente establecidos no poseen poder adquisitivo suficiente, la producción estatal de bienes y servicios es tan deficitaria como de baja calidad, mientras que la libertad individual es inversamente proporcional al grado de hegemonía económica del estado.

En efecto, el que el trabajo asalariado en el modelo de socialismo de estado cubano no sea fuente de explotación del trabajador, no significa que no sea causa de la mediatización (restricción) de su soberanía ciudadana.A eso he apuntado cuando expreso que el trabajo asalariado es una condición incompatible con el sentido de dignidad propia del cubano. No es el cubano por idiosincrasia un ser social sumiso y no es natural su aceptación de la condición de asalariado. Es esa característica de su naturaleza inconforme y contestataria lo que ha creado la compleja economía sumergida en Cuba.Y es esa característica la que impide su subordinación a un sistema económico que sabe ineficiente y coercitivo.

El ciudadano que nace y hecha sus restos en la sociedad capitalista está amaestrado culturalmente para que la condición de trabajador asalariado no le entre en conflicto antagónico con su sentido de dignidad propia. La posibilidad de consumo constituye su mecanismo de reafirmación. Hacia la exacerbación del instinto animal de consumo va dirigida todo el adoctrinamiento cultural del sistema. Subrayo antagónico y establezco que hablamos del ciudadano que define la multitud y no el que la contradice por la intelección de su condición de ser social inferior. Asumir la condición de ser social inferior en tanto trabajador asalariado es reconocer las causas en que se da la explotación en la sociedad capitalista. Si se es asalariado se es un ser social inferior aunque el nivel de consumo pueda contradecirlo en la percepción particular. El estatus de ser social superior lo da el pertenecer no a una clase media o alta que consume y presume, sino a la poseedora que jerarquiza las percepciones. Toda amenaza de derrumbe del sistema de valores en que se ha soportado la ?edificación? de la existencia propia en dicha sociedad se hace intolerable. Es el síndrome del Padre de Blancanieves en la novela de Belén Gopegui.

Los que piensan en un cambio de 180 grados en el modelo de sociedad y estado cubanos, deberían respondernos si dicho cambio asume la transformación del trabajo asalariado estatal en trabajo asalariado privado. Es decir, si lo que nos proponen es que no sea el Estado - que estamos de acuerdo no es el más eficiente administrador, por lo menos no en todo lo que administra -el que capitalice el valor del plustrabajo, sino que sea el propietario privado el que lo haga. Adviertan que (aún) no he hecho la pregunta subyacente sobre quiénes serían, entonces, esos propietarios privados con derecho exclusivo sobre el producto del trabajo que produciríamos los que no lo fuésemos. Si lo que nos proponen es eso, pues claro, tendrían que proponernos esto otro.

Si de lo que se trata es de la transformación de la fuerza de trabajado asalariado estatal en fuerza de trabajo privada sería incuestionable la estafa política. Sobre esta clave ideológica hay que debatir abiertamente en Cuba. Esa estafa política podría pasar envuelta en celofán, porque a pesar del nivel de educación general de la población, no existe un nivel de debate cultural público, generalizado y profundo sobre estas esencias. No existe real conciencia en la población sobre las implicaciones estructurales, sistémicas, para sus vidas que tal estafa política tendría. La posibilidad de montar el timbiriche propio ocupa las elucubraciones del imaginario popular. No sólo del cubano residente, sino, talvez en mayor intensidad, del cubano emigrado que ha montado y desmontado mil veces en su mente el timbiriche que no puede llegar a montar en el país donde se encuentra o que montado, otras tantas se le hayan desmoronado.

En la dinámica de una economía capitalista sujeta a los mercados imperfectos (es decir, a los únicos que existen) las micro, pequeñas y medianas empresas- como los organismos vivos - nacen, crecen o no, se desarrollan y mueren. Las grandes se fusionan. El estado capitalista capitaliza los beneficios y socializa los costos. Los privilegiados son los fuertes grupos de poder económico y financiero. El asalariado carga con su precario seguro de desempleo o con el desempleo seguro. Las discusiones sobre la renta básica ciudadana que promueven grupos de activistas sociales y que toman cada vez más fuerza, vienen a decirnos que la seguridad del ser social ha estado pendiente siempre de finos hilos dentro de las relaciones de producción e intercambio capitalistas. El subconsciente colectivo lo comprende. Transformar el sistema de propiedad estatal en un sistema mixto de propiedad socializada exige condicionamientos políticos y relaciones socioeconómicas que van más allá de la visión del aldeano vanidoso.

A nivel sociológico, el cubano común y corriente piensa en los términos de sus posibilidades individuales actuales, de ahí que sea el timbiriche el objeto simbólico de su idea emancipadora. El cubano menos común, ése otro que, igualmente instruido, conoce las posibilidades de los negocios a mayor escala, pensará en la factibilidad de montar la empresa propia, con capital privado externo o con capital estatal. El timbiriche del cubano de a pie puede enmarcarse en la categoría de producción mercantil simple, esa que no genera capacidad de acumulación y concentración exponente y excluyente de capital. Es el estereotipo, pongamos, de ese dueño de un simpático y bien gestionado bar o restaurante familiar en cualquier esquina de cualquier ciudad española. Proliferan para sosiego de la vida social a pie de calle y, aún cuando le falten médicos, España es el país de mayor índice de bares por habitantes en toda Europa. Enhorabuena. El otro, sabe que su empresa sólo tendría sentido si empleara mano de obra asalariada, a la cual pudiera discreta o abiertamente esquilmarle el plustrabajo. No hay otra forma de reproducir el capital que no sea mediante el empleo asalariado de fuerza de trabajo, así sea capital privado, estatal o cooperativo. La diferencia la hace, hemos dicho, la cualidad política de las relaciones socioeconómicas que se desprenden de la naturaleza de la propiedad.

A todos C.Marx y F.Engels les han dicho algo sorprendentemente ingenioso y definitivamente incuestionable.

Así, por ejemplo, la Revolución francesa abolió la propiedad feudal para instaurar sobre sus ruinas la propiedad burguesa.

Lo que caracteriza al comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición del régimen de propiedad de la burguesía, de esta moderna institución de la propiedad privada burguesa, expresión última y la más acabada de ese régimen de producción y apropiación de lo producido que reposa sobre el antagonismo de dos clases, sobre la explotación de unos hombres por otros.

Así entendida, sí pueden los comunistas resumir su teoría en esa fórmula: abolición de la propiedad privada.

Se nos reprocha que queremos destruir la propiedad personal bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano, esa propiedad que es para el hombre la base de toda libertad, el acicate de todas las actividades y la garantía de toda independencia.

¡La propiedad bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano!

¿Os referís acaso a la propiedad del humilde artesano, del pequeño labriego, precedente histórico de la propiedad burguesa? No, ésa no necesitamos destruirla; el desarrollo de la industria (capitalista) lo ha hecho ya y lo está haciendo a todas horas.

¿O queréis referimos a la moderna propiedad privada de la burguesía??

Decidnos: ¿es que el trabajo asalariado, el trabajo de proletario, le rinde propiedad? No, ni mucho menos. Lo que rinde es capital, esa forma de propiedad que se nutre de la explotación del trabajo asalariado, que sólo puede crecer y multiplicarse a condición de engendrar nuevo trabajo asalariado para hacerlo también objeto de su explotación.

Os aterráis que queramos abolir la propiedad privada, ¡cómo si ya en el seno de vuestra sociedad actual, la propiedad privada no estuviese abolida para nueve décimas partes de la población, como si no existiese precisamente a costa de no existir para esas nueve décimas partes! ¿Qué es, pues, lo que en rigor nos reprocháis? Querer destruir un régimen de propiedad que tiene por necesaria condición el despojo de la inmensa mayoría de la sociedad?[3]. (Los subrayados y paréntesis son míos)

Observemos que en Cuba ya no hay lugar para que se aterre propietario privado alguno, porque la Revolución de 1959 avanzó por los senderos de la nacionalización del capital común de todos los cubanos. Esa realidad socioeconómica es la que sigue haciendo de Cuba el escenario sui géneris para un proyecto sociopolítico realmente eficiente y realmente alternativo al capitalismo.

Entonces lo que está planteado en Cuba hoy, en el perfeccionamiento del proyecto socialista, es la definitiva socialización de la propiedad. Puede entenderse un temor del Estado en la medida que, cual propietario hegemónico, los representantes del mismo y en especial los representantes del Partido de la propia Revolución no entendieren que la socialización del poder económico es la condición sin la cual no se garantiza ni la cohesión social ni la consolidación del poder político del pueblo, de la sociedad toda. Que ello es una premisa clave de la eficiencia económica sistémica. El debate sigue estando pendiente y el anunciado congreso del Partido estará emplazado a definiciones de fondo. Hablo de la auto-sustentabilidad reproductiva de un modo de producción que no conciba la propiedad privada como el fundamento de su estructuración. Que al cuestionar el fetiche histórico de la propiedad el Estado cuestione su propia hegemonía económica como principio del proyecto socialista cubano. Que, a partir de ahí y sólo de ahí, se debata sobre la construcción de formas superiores de organización del trabajo. Que esa nueva cultura del trabajo no-asalariado permita al ciudadano cubano liberarse de los corsés que maniatan su individualidad. Que se comprenda que la individualidad del ser social le exige plena responsabilidad por la comunidad. Que el Estado de Derecho Socialista puede llegar a ser una realidad política sólo si incorpora a la filosofía de su transitoria existencia el culto primero a la dignidad del individuo. Esa cualidad de la institucionalidad sociopolítica es alcanzable sólo bajo principios socialistas ráigales.

NOTAS:

[1] George Soros, "La crisis del capitalismo global", Plaza Janés, 1999, Barcelona , España.

[2] Roberto Cobas Avivar, "Cuba y el compromiso con su proyecto socialista más allá del anarquismo de la polémica", en: http://www.kaosenlared.net/noticia/cuba-compromiso-proyecto-socialista -mas-alla-anarquismo-polemica

[3] Karl Marx, Friedrich Engels, "El Manifiesto Comunista", (publicado por primera vez en 1848)

Publicado en: Kaos en la red

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Propuestas para el Socialismo del Siglo XXI. Entrevista

Recibimos y publicamos esta entrevista realizada por Sonia Lopez y Ariel Kocik al intelectual alemán - mexicano Heinz Dieterich. En ella expone su punto de vista acerca de la situación latinoamericana y el socialismo.

En su libro “Hugo Chávez y el Socialismo del Siglo XXI” hace hincapié en la necesidad de crear nuevas instituciones. En los procesos populares de Bolivia y Venezuela se planteó, o ¿pudo lograrse algún tipo de nueva institucionalidad?…

H.D- Se trató. Las Asambleas Constituyentes son el interés de tener nuevas instituciones que creen una nueva normativa de convivencia, una nueva constitución. Concejos comunales en Venezuela son el intento de dar poder económico a la base social, que es correcto hacerlo aunque no lo están logrando de manera completa. O sea pienso que sí, que en los procesos populares latinoamericanos se está avanzando, por ejemplo, desde las campañas electorales, Fernando Lugo, vemos que hay una politización de las mayorías e intentos de crear nuevas formas de vida. Y nuevas formas de vida son nuevas instituciones. El avance ha sido limitado porque el enemigo es poderoso y el tiempo ha sido corto, pero sí existe la voluntad en esos movimientos de hacerlo.

El sujeto venezolano ¿siente suyo el proceso bolivariano?

H.D- Me parece que la mayoría de los venezolanos sí están identificados con un programa de mayor democracia y se expresa en las encuestas de opinión y en nuevas instituciones más democráticas, si esto incluye el Socialismo del Siglo XXI (SSXXI) no lo podemos decir, o si el Gobierno venezolano no ha sabido explicar bien qué es el SSXXI, pero hay una búsqueda general de lograr formas más democráticas de vida. Es un anhelo en general.

Para Chávez ¿las misiones serían parte del SSXXI?

H.D- Las misiones podrían interpretarse como un precursor del SSXXI, porque generan concientización en la gente, tienen la potencialidad de crear fuentes de trabajo, etc., mejora la situación real de la gente, por lo que podemos decir que forman parte de un protosocialismo, ya que Socialismo es una formación “civilizatoria” propia, particular. Sin la economía particular y la superestructura no debería usarse ese concepto, pero desde el punto de vista ético todo esto sí lo puedes llamar protosocialismo.

El NO del pueblo venezolano ¿puede leerse como un pedido de autocrítica hacia arriba? o, en todo caso, Chávez ¿fue capaz de interpretar esto como una crítica?

H.D-Yo creo que el NO fue una crítica a la mala calidad de la propuesta de referéndum. El Gobierno venezolano se confió en que la adhesión a las posiciones y a las políticas del Presidente eran suficientes para votar SI a esa mala propuesta. Ahí hubo obviamente una equivocación de cálculo de parte del Gobierno. Y Chávez se ausentó una semana en negociaciones con la UP, pensando obviamente que su apoyo era suficiente para ganar.
Fue una equivocación.

Hablando de la Argentina, mencionó que existe una suerte de enfrentamiento entre un Gobierno más o menos “desarrollista” y un sector oligárquico ¿realmente es así, se puede encasillar a Argentina dentro del bloque progresista, o la Argentina es algo diferente?

H.D- Yo creo que Argentina es un panorama heterogéneo. Tú tienes en la política económica una tendencia generalizada de apoyo a las transnacionales, de no enfrentarse, por ejemplo, a Repsol YPF, y una política neoliberal, desde muchos aspectos. En la política exterior hay una política progresista, de apoyo a las posiciones de Venezuela, de Brasil, etc., es decir, el Gobierno de los Kirchner no se ha prestado a secundar los puntos de Washington y sus lacayos hemisféricos contra Venezuela. Entonces la política exterior ha sido positiva, aunque hay que decir, lo que dijo recientemente un asesor del Gobierno: “el estado de la diplomacia Argentina es desastroso”. Coincido, pero vale para todos los gobiernos latinoamericanos.

En un momento se refirió a la necesidad de practicar un “republicanismo” que no sea mero asistencialismo ¿Puede explicarnos qué quiere decir con ello?

H.D- Pienso que un Gobierno tiene que asistir a la gente porque las necesidades son tan grandes que hay que ayudar de inmediato, ello es una obligación ética inclusive de derecho internacional.
Pero sólo puede ser un determinado tiempo. Después tú tienes que darte una política de encaminar hacia la resolución estructural de los problemas.
Y si tu miras con ese pensamiento, por ejemplo si tu miras la política del Gobierno hacia la Provincia del Chaco, ha sido desastrosa porque hay algunas organizaciones que aceptaron cierto sometimiento ideológico y el Gobierno le ha dado asistencia, pero esto no es lo mismo que hacer una alianza estratégica con el pequeño campesino contra la gran oligarquía agraria. Y ahora se está pagando el precio. Durante el Gobierno de Néstor Kirchner y en el de Cristina Fernández, no se ha construido esa alianza, para ver con qué parte del campo enfrentas a la oligarquía. Porque la oligarquía del campo la tienes que enfrentar con el pequeño campesino y, como no ha hecho la alianza estratégica, sino sólo dio ayuda asistencial cuando esas organizaciones se sometían a sus intereses, ahora el Gobierno se encuentra frente a esa gran ofensiva de la derecha y no tiene con qué superar ese escenario.

Respecto al MERCOSUR, usted concibe que puede ser un instrumento político unificador o es sólo un instrumento comercial que en definitiva beneficia a un país más grande, como puede ser Brasil.

H.D- El único futuro de América Latina es convertirse en una economía regional o en un Estado Regional. Y un Estado tiene diferentes atributos, necesita una moneda propia, Fuerzas Armadas propias, territorio controlado, etc., es decir, si se queda sólo en ser una unión aduanera, lo que es básicamente el Mercosur, no va a tener mucho tiempo de vida: poda el proceso completo, pierde la oportunidad de convertirse en sujeto de la historia mundial. Tiene que ser un mercado regional como el de la Unión Europea, sino recae porque lo van a destruir.

Respecto a Bolivia ¿dónde cree usted que comienzan los problemas del Gobierno?

H.D- Me parece que el error fundamental fue que las dos personas que deciden en el Gobierno: Evo Morales y García Linera, pensaban que la derecha iba a jugar bajo las reglas de la democracia, y que iba a aceptar el mandato democrático del Gobierno, confiaban entonces que en la Asamblea Constituyente podía haber una arreglo racional en beneficio de la nación, que podía haber un subsidio a la oligarquía agraria de Santa Cruz y con eso iban a desistir de la autonomía y aceptar un gobierno federal. Fue una equivocación total porque la oligarquía, que García Linera decía que representaba un conflicto local, cuando era un proyecto mundial de Washington, esa oligarquía no quería más dinero, sino que quiere el poder. Quiere tumbar a Evo. Esa fue la equivocación que hasta el día de hoy persiste, y ha sido el elemento fundamental del deterioro que vemos en el Gobierno de Bolivia. Que hoy gobierna, sólo efectivamente en tres departamentos.

Realizaron esta entrevista: Ariel Kocik, Sonia López.

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martes, 1 de julio de 2008

La continuidad está en el cambio

Por Pedro Campos Santos.

En esta comparación entre las políticas económicas de la Unión Soviética y Cuba, Pedro Campos nos acerca a pensar la necesidad de transformar el sistema burocrático estatal en uno participativo y democrático.

“… ¿Se puede decir que el efectivo obrero en las empresas sea más o menos permanente? No, desgraciadamente no se puede decir eso. Al contrario, existe todavía en las empresas lo que se llama la fluctuación de la mano de obra. Hay más; en una serie de empresas, la fluctuación de la mano de obra lejos de desaparecer, por el contrario crece y se acentúa. En todo caso se encontrarán pocas empresas en las que el efectivo de obreros no cambie a lo largo de un semestre, por el contrario, crece y se acentúa. (…)

¿Cuál es la causa de la fluctuación de la mano de obra? La organización defectuosa del sistema de salarios, el sistema defectuoso de la escala de tarifas, la nivelación “izquierdista” de los salarios. En una serie de empresas las tarifas de salarios están establecidas de tal manera, que la diferencia entre el trabajo calificado y el no calificado, el trabajo penoso y el trabajo fácil desaparece o casi desaparece. (…) no se puede tolerar que un laminador de la siderurgia gane lo mismo que un barrendero…y por esto, incluso bajo el socialismo, el salario debe ser pagado según el trabajo rendido y no según las necesidades. (…)

En cada rama de la industria, en cada empresa, en cada taller existen grupos destacados de obreros… Estos grupos de obreros constituyen por sí mismos, el núcleo fundamental de la producción. Ligarlos a la empresa, al taller, significa ligar a ella todo el efectivo de los obreros, es atacar en su raíz la fluctuación de la mano de obra. Pero ¿cómo ligarlos a la empresa? Ello es solamente posible mediante ascensos, mediante la elevación de los salarios, organizando de tal manera los salarios, que permitan apreciar debidamente la calificación del trabajador. (…)

Para ligar a los obreros a la empresa es necesario continuar mejorando la alimentación y las condiciones de viviendas de los obreros. (…) El obrero de hoy…quiere vivir con sus necesidades materiales y culturales cubiertas…Tiene derecho a esto y nosotros tenemos el deber de proporcionarle estas condiciones….(…)

Hay que colocar además a los obreros en condiciones tales de trabajo, que les permitan trabajar con esmero, elevar el rendimiento, mejorar la calidad de la producción. Se trata por consiguiente de organizar el trabajo en las empresas de tal manera que el rendimiento aumente de mes en mes….la organización del trabajo es extremadamente defectuosa, donde en lugar de orden y coordinación en el trabajo lo que hay es desorden y confusión; donde en lugar de responsabilidad en el trabajo lo que reina es una total irresponsabilidad y la impersonalización de la responsabilidad. (…)

La consecuencia es una ausencia de sentido de la responsabilidad por el trabajo, falta de cuidado con los mecanismos, deterioro en masa de las máquinas y falta de estímulo para elevar la productividad del trabajo. (…)

Así pues: liquidar la falta de responsabilidad personal, mejorar la organización del trabajo, repartir convenientemente las fuerzas en la empresa; tal es la tarea.”

Hasta aquí algunos pasajes de la intervención de Stalin en la Conferencia de dirigentes de la industria el 23 de junio de 1931, donde analizó los problemas “organizativos” de la economía y precisó las nuevas tareas. (1)

Cualquier semejanza, con parte del discurso actual de la dirigencia cubana, no es pura coincidencia.

Encontramos allí muchos de los mismos problemas que tenemos hoy en Cuba: inestabilidad de la fuerza de trabajo, bajos rendimientos, baja calidad en los productos, paternalismo estatal, burocratismo, inducción al arribismo, falta de estímulo a la productividad, deterioro en masa de medios de producción y otros.

Igualmente coinciden los análisis, sobre las causas de esos problemas: el igualitarismo salarial, defectuosa escala de sueldos, ausencia de responsabilidad e insatisfacción de las necesidades de los trabajadores.

También hallamos análogos intentos de solución: vanguardismo de algunos grupos de trabajadores, mejorar la alimentación de los trabajadores, aumentar y diferenciar los salarios, señalar el “deber” del estado de resolver las necesidades materiales y culturales, crear condiciones a los obreros para que trabajen con esmero y “organizar” mejor el trabajo.

Las directivas principales, también se parecen: liquidar la falta de responsabilidad personal, mejorar la organización del trabajo (con más orden y coordinación-taylorismo) y repartir convenientemente las fuerzas en las empresas.

Ni en los discursos de Stalin, ni en los de nuestros dirigentes, encontramos análisis sobre los vínculos de estos problemas y sus soluciones con las relaciones de producción, propiedad, cambio y distribución que los determinan. Ni allá, ni acá se aborda el “pollo del arroz con pollo”: el sistema capitalista estatal de trabajo asalariado y la forma centralizada de apropiación del excedente. Se procura en ambos casos perfeccionar el “socialismo de estado”, ya hoy inobjetablemente fracasado, a partir de soluciones de superficie, llamando a la movilización y la conciencia y mejorando los pagos por el trabajo asalariado, cuando se trata de transformarlo en participativo y democrático.

No fue, ni es culpa de nadie en particular, fue lo que nos creímos; tampoco hay ninguna intención de acusar a alguien de “estalinista”, ni mucho menos pretender que estamos viviendo aquel sistema de persecuciones y terror, ni nada por el estilo. La respuesta del esposo de la internacionalmente premiada bloguera a Fidel Castro, con Stalin le hubiera costado la cabeza, pero aquí respetado está en toda su integridad física y civil.

Entendamos que donde existan las mismas relaciones de producción estatales asalariadas, naturalmente surjan problemas económicos y sociales muy parecidos y ante esas dificultades, aunque haya 80 años de por medio, diferencia en cuanto a cantidad y calidad de medios y fuerzas de trabajo, de idioma, cultura, idiosincrasia y clima, además de varios miles de kilómetros de distancia, emerjan –lógicamente- parecidas variables de solución. Sería, en todo caso, una clásica demostración de cuanta razón tenía Marx al señalar: “el ser social determina la conciencia social”.

Nuestros líderes, al igual que lo fue Stalin, dirigen sistemas estatales asalariados similares, con economías, partidos y estados altamente centralizados. A ellos, objetivamente, les debe costar mucho trabajo encontrar las causas de fondo de todos esos males en el sistema que han defendido y los ha sostenido en el poder durante 50 años. Es natural que desconfíen de cambios profundos, los que habrían de hacerse en la propia base, sustituyendo las relaciones de producción estatales asalariadas por las socialistas, cooperativas-autogestionarias, sustentadas en la propiedad o el usufructo del colectivo de trabajadores, la gestión democrática y la repartición de una parte de las utilidades. No se pretende justificar nada, ni disculpar o inculpar a nadie por lo que hizo o dejó de hacer hasta aquí, se expone una verdad de Perogrullo.

Stalin también habló de la posible restauración capitalista en la URSS pero confundió sus causales, y atacó –como ya vemos en este discurso- por flancos y con métodos equivocados. Resultado: el pueblo, cansado del “socialismo real”, prefirió experimentar con el capitalismo.

Las experiencias rusa y cubana son a la vez similares y diferentes en varios aspectos. En Cuba tuvimos 40 años más de capitalismo antes de la Revolución y no nos quedó tan lejos atrás en el tiempo, está muy cerca geográficamente, no son pocos los que en el patio lo desean, tenemos un foco migratorio de influencia consumo-mercantilista enorme y el imperio -que lleva dos cientos años tratando de anexarnos- está loquito por darnos el “abrazo de la muerte”, ya con la experiencia acumulada contra Europa ex socialista y China: Obama, “un mulato, carismático” podría ser el “cariñoso”, de Mc Cain ni hablar.

Otras diferencias: La experiencia de lo ocurrido en primer lugar, el cambio dramático en la situación internacional y la calidad humana de nuestros líderes, quienes se percataron de las complejidades que estamos viviendo, han identificado los graves problemas internos que nos afectan de corrupción y burocratismo, los cuales podrían dar al traste con la Revolución, pero además, y he aquí la gran diferencia: han manifestado plena disposición a los cambios necesarios y han hecho reiterados llamados a la participación de todos los revolucionarios para encontrar las soluciones. Esto ha permitido -a pesar de las restricciones que persisten- alguna divulgación del proyecto de Socialismo Participativo y Democrático (SPD), no discutido por el partido ni por el pueblo públicamente, pero tampoco rechazado ni reprimido.

Por todo ello, sería subestimar la sagacidad de Fidel y Raúl, suponer que ellos no se hayan dado cuenta ya de toda esa semejanza, sus causas esenciales comunes, ni que compartan en lo fundamental el nuevo proyecto y no estén buscando cómo avanzar por este camino, sin arriesgar lo alcanzado. Es evidente y lógica la resistencia en cuadros del nivel nacional e intermedio a los cambios necesarios, dados sus hábitos y compromisos. Pero todos sabemos que en Cuba, un discurso de Fidel o de Raúl orientando claramente abandonar el sistema burocrático estatal asalariado y avanzar al SPD, la elección rotativa de los dirigentes empresariales, la repartición equitativa de una parte de las utilidades, la descentralización hacia los presupuestos participativos y el fortalecimiento del poder real comunal a costa del actual sistema, sería suficiente para que todo el resto de la dirigencia “lo entienda” enseguida y el pueblo lo asuma.

En estos 50 años, fueron muchos los éxitos, el mayor: haber resistido la embestida imperialista, bajo todas las complejas y difíciles circunstancias atravesadas. Eso ya sería suficiente para que la generación histórica se dé por satisfecha y sea retribuida viendo su obra en proceso de consolidación, regeneración y avance. Pero los errores, muchos importados, no han sido pocos como el estancamiento en las relaciones socialistas de producción; el disfuncionamiento general de la economía, del partido, de la democracia socialista, de la “política de cuadros” y el sostenimiento de una excedida estructura estatal burocrática autoritaria y otros.

Mientras más son los errores y más profundos, más difícil es su rectificación, pero hay uno del que parten todos: el enfoque filosófico de la construcción socialista. ¿Qué es socialismo, cómo se construye, cuáles son sus medios y sus fines, cómo funciona su economía, cuáles sus fuerzas sociales motrices, en qué consiste el papel del partido, de los sindicatos, del estado? Por ahí hay que empezar. Por lógica de las circunstancias y del devenir histórico, los comprometidos con la revolución y el socialismo, pero que no tienen intereses creados por el sistema estatal asalariado ni viejos prejuicios, están en mejores posibilidades de hacer avanzar la rectificación y las transformaciones de fondo. La continuidad está en el cambio.

70 años después de aquel discurso colapsó la URSS y Stalin murió 36 años antes del desastre pero viendo aquel “socialismo” todavía fuerte, vencedor en una guerra mundial. No tuvo la experiencia que sí han vivido Fidel y Raúl y que el pueblo cubano ha sufrido luego del desplome.

Las conclusiones parecen estar muy diáfanas y el camino a seguir también ha sido claramente expuesto. Necesitamos adentrarnos en él, con toda la prudencia, la decisión, la constancia y la prisa que los tiempos demandan, para seguir siendo una República independiente, mantener vivos y proyectar los sueños martiano y comunista, recordar siempre con aprecio y admiración a la Revolución del 59 y a sus líderes, alimentar la esperanza socialista en América Latina y evitar que vuelva a correr sangre cubana. Que nuestros hijos y nietos nos recuerden no solo como precursores del nuevo orden, sino también como triunfadores.

Socialismo por la vida.

La Habana, 27 de junio de 2008

Contacto: perucho1949@yahoo.es

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NOTAS
1- J. Stalin. Nueva situación, nuevas tareas para la organización de la economía. Cuestiones del Leninismo. Ediciones en Lenguas Extranjeras. Moscú 1946

Artículos y ensayos relacionados:
http:/www.kaosenlared.net/rss/kaos_colaboradores_195.xml http://analitica.com/va/internacionales/opinion/8777149.asp.
http://es.geocities.com/amigos_pedroc/index.html


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martes, 24 de junio de 2008

¿Qué entendemos por sentido de pertenencia?

Por: Jorge Luis Acanda González

Un análisis de la situación laboral del trabajador cubano que nace del pedido de la prensa cubana sobre la necesidad de incentivar el "sentido de pertenencia" del obrero. Partiendo de esta problemática, el autor nos permite pensar la relación entre la pertenencia, la posibilidad de decidir, la productividad y los medios de producción.



Por estos días se ha hablado en la prensa cubana sobre la necesidad de incentivar en los trabajadores el sentido de pertenencia, se ha expresado que hay una correspondencia entre el sentido de pertenencia y la productividad.

Esta formula no es aplicable al sistema capitalista privado por razones obvias: El obrero no es dueño de los medios de producción. Sin embargo, en el capitalismo privado los trabajadores producen con eficiencia y calidad, de lo contrario se quedan sin empleo, pues existe una cola de desempleados dispuestos a cubrir la plaza vacante. Así funciona el capitalista privado, sin ambages ni tapujos, sin contemplaciones de ningún tipo: deja por lo claro que él pone los medios de producción y la materia prima, y compra la mano de obra. Si el trabajador no es eficiente no clasifica para el puesto; pero, si por el contrario, produce con eficiencia y calidad, entonces le paga el valor de su tiempo de trabajo; claro está que el resto y la mayor parte de la ganancia es para el dueño.
Pregunta: ¿Es el sistema capitalista privado justo? En mi modesta opinión, no lo es pues unos pocos se enriquecen mediante la explotación asalariada de muchos, aún cuando la paga sea suficiente para que el obrero pueda vivir. A la corta o a la larga, se acentúan las diferencias entre los ricos y los desposeídos y los primeros acaban detentando el poder político, por supuesto que a su favor, para seguir enriqueciéndose y asegurándose el poder económico.

Si tomamos en cuenta que un poder sustenta al otro y que los dos se dan la mano, entonces, en el capitalismo el obrero será siempre el explotado y el dueño el explotador. Pero a todas estas, el obrero empleado sabe que está siendo explotado y lo admite, a su pesar, mientras su paga le dé suficiente para vivir aceptablemente y cuando no sucede así, enseguida se organiza y va a la huelga para recordarle al dueño que su negocio, sin trabajadores es nada. El dueño, aunque casi siempre se resiste, por lo general termina cediendo a parte de las demandas de los trabajadores pues sino, a quién va a explotar. No sin antes intentar romper la huelga con los rompehuelgas.

Veamos ahora cómo funciona en el Socialismo de Estado: el obrero, en teoría, es dueño de los medios de producción pero en la práctica tiene poca o ninguna participación en la toma de decisiones para hacer más eficiente la productividad. No le corresponde a él gestionar la producción, de eso se encarga un aparato burocrático que la mayoría de las veces no es capaz de palpar la realidad objetiva de los trabajadores y el centro de producción o fábrica y que cada vez les exige más productividad a los trabajadores, aunque lo producido no tenga calidad; el asunto es cumplir o sobre cumplir la meta. Pero el trabajador no percibe que con su sobre cumplimiento mejore su calidad de vida; puede reventarse trabajando y no percibirá una mejoría sustancial en su economía, pues sigue recibiendo un salario que no satisface sus necesidades, mientras la mayor tajada de la ganancia va para la “acumulación centralizada de la ganancia” en función de los planes del Estado.

En cambio, los dirigentes del aparato burocrático, aunque tienen un sueldo (fijo), disponen de otras prebendas materiales y algunos hasta pueden disponer de la capacidad institucional de decidir desde micro hasta macro-inversiones y determinar la creación y cubrimiento de plantillas de cargos; todo eso con benéficas consecuencias para ellos mismos.

Esto los convierte en los verdaderos dueños en el Socialismo de Estado. Se diferencian de los capitalistas privados en que si quiebran a sus entidades, el Estado acude en su ayuda mediante subsidios. Generalmente se culpa a los trabajadores y en cuanto resulta evidente que los burócratas son los responsables, se “caen” para arriba y la culpa va al piso.

¿Qué tiene que ver toda esta comparación con el sentido de pertenencia? El sentido de pertenencia de los medios de producción va más allá de “pensar” que los medios le pertenecen al trabajador y que por tanto debe velar por ello y ponerlo a producir eficientemente. Tal pensamiento resulta abstracto si el obrero no percibe un resultado concreto a consecuencia de su producción. Y ese resultado concreto no se circunscribe a la mejoría económica del individuo sino que se manifiesta en la percepción real de que sus estatus político y económico van de la mano, de que en ambos terrenos el individuo puede efectivamente tomar decisiones, a sabiendas de que las decisiones en un ámbito afectan inevitablemente al otro pues los dos están indisolublemente ligados.

No se puede pretender incentivar un sentido de pertenencia de aquello sobre lo cual no se permite decidir, bien sea en lo económico o en lo político, hacer tal cosa es decir una mentira a gritos y hacerla pasar por una verdad.

Un verdadero sentido de pertenencia nos daría la certeza de que podemos construir un presente justo para todos, con igual derecho de percibir por lo que se produce, no con igualitarismo; y de que, por ende, podemos levantar un proyecto verdaderamente socialista y humanista, por todos, con todos y para el bien de todos.

Ciudad de la Habana, 23 de junio de 2008.

Contacto: jorgeag6@navegalo.com

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Estado, libertad y estímulo en el socialismo (1ra de tres partes)

Estado y socialismo

Por Pedro Campos Santos


“En realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra”
F. Engels

En carta a Bebel el 18-28 de marzo de 1875, Engels escribió:

“Habría que abandonar toda esa charlatanería acerca del Estado, sobre todo después de la Comuna, que no era ya un Estado en el verdadero sentido de la palabra. Los anarquistas nos han echado en cara más de la cuenta esto del “estado Popular”, a pesar de que la obra de Marx contra Proudhon y luego el Manifiesto Comunista dicen claramente que con la implantación del régimen social socialista, el estado se disolverá por si mismo, y desparecerá. Siendo el Estado una institución meramente transitoria… Por eso nosotros propondríamos decir siempre, en vez de la palabra Estado, la palabra Comunidad (Gemeinwesen), una buena y antigua palabra alemana que equivale a la palabra francesa Commune”.

Luego de leer este pasaje, no pueden quedar dudas sobre la forma en que los fundadores concebían el estado socialista: al estilo del de la Comuna de París, en franco proceso de disolución, con carácter transitorio, algo que no será ya un estado “en el verdadero sentido de la palabra” y para rematar, sugerían que ya ni estado se le llamara, si no Comuna.

La práctica del socialismo real del siglo XX les dio la razón a ellos y a todos los revolucionarios que pensaron en la necesaria extinción del estado como parte de la construcción socialista. En este párrafo, Engels señala que “el estado se disolverá por sí mismo” en el nuevo régimen social, sin embargo se hace necesario determinar por qué ocurrió todo lo contrario.

La lógica del pensamiento de Marx y de Engels, sus formas de considerar todos los fenómenos en concatenación como causas y efectos e identificar siempre las últimas instancias, sugieren que si el “estado no se disolvió por sí mismo” como ellos esperaban “en el nuevo régimen”, es sencillamente porque nunca existió “el nuevo régimen social socialista”.

Al respecto, en su obra Del socialismo utópico al socialismo científico, escrita en 1880 por Engels, éste precisó: “El estado moderno, cualquiera que sea su forma, es una máquina esencialmente capitalista, es el estado de los capitalistas, el capitalista colectivo ideal. Y cuantas más fuerzas productivas suma en propiedad, tanto más se convertirá en capitalista colectivo y tanta mayor cantidad de ciudadanos explotará. Los obreros siguen siendo obreros asalariados, proletarios. La relación capitalista, lejos de abolirse con estas medidas, se agudiza. Más al llegar a la cúspide se derrumba. La propiedad del estado sobre las fuerzas productivas no es solución del conflicto, pero alberga ya en su seno, el medio formal, el resorte para llegar a la solución. Esta solución sólo puede estar en reconocer de un modo efectivo el carácter social de las fuerzas productivas modernas y por lo tanto en armonizar el modo de producción, de apropiación y de cambio con el carácter social de los medios de producción”.

Y nunca hubo “régimen social socialista” porque nunca en aquellos países, que sí llegaron a iniciar su construcción con la concentración inicial de la propiedad en el estado, no fueron capaces de “armonizar el modo de producción, de apropiación y de cambio con el carácter social de los medios de producción”, pues no sustituyeron el trabajo asalariado por el cooperativo-autogestionario, las nuevas relaciones socialistas de producción, que de haber llegado a ser predominantes, sí hubieran posibilitado que la gestión administrativa de la sociedad pasara a manos de los trabajadores y el pueblo, en lugar de quedarse bajo el control del aparato estatal burocrático autoritario, heredado del sistema burgués, al que solo cambiaron los nombres de los ministros. Los estalinistas que reasumieron la forma burguesa de estado, creían que habían cambiado su esencia porque “ahora estaba en manos de los representantes” del proletariado.

La disolución paulatina del estado hubiera sido la consecuencia natural del la socialización de la apropiación, la auto-administración que engendrarían las nuevas relaciones socialistas de producción, los principios del cooperativismo: propiedad o usufructo colectivo, gestión democrática y repartición equitativa del plus-trabajo. El estado de nuevo tipo, La Comuna, así surgida y desarrollada, no conllevaría el autoritarismo propio de las relaciones capitalistas asalariadas de producción, donde los dueños de capital explotan a los trabajadores que se ven obligados aceptar su situación por carecer de medios de producción, ni por tanto demandaría los sistemas policiales, judiciales y carcelarios que le son afines.

Si en el socialismo “real” esos sistemas represivos continuaron y hasta se desarrollaron, fue precisamente porque subsistieron las condiciones que los engendraron, es decir las relaciones de producción típicas del capitalismo, sustentadas en el trabajo asalariado, solo que ahora el papel de los capitalistas es asumido por el aparato burocrático estatal.

El “socialismo de estado”, para garantizar el control sobre los medios de producción expropiados a los capitalistas, como no los entregó a los trabajadores en propiedad ni usufructo, se vio obligado a mantener esos aparatos represivos y crear otros para proteger “las propiedades e intereses del estado”.

En la Comuna de París, los trabajadores, eran al mismo tiempo los custodios de los medios de producción, también eran los que integraban los órganos de justicia y eran al mismo tiempo los soldados que lucharon en las barricadas.

El estado es una institución clasista y solo tiene sentido para defender los intereses de una clase contra otra. El socialismo, que debe tender, por naturaleza, a la desaparición de las diferencias entre las clases sociales, puesto que elimina las bases de su existencia al socializar la propiedad privada capitalista sobre los medios de producción (no la propiedad privada individual, ni sobre medios individuales de producción), lógicamente debe tender a la desaparición de los instrumentos de dominación de una clase sobre otra. De manera que el mantenimiento de los órganos de represión del estado es, por tanto, un claro indicativo de hasta dónde es real el avance del socialismo.

Pero mientras las clases expropiadas hagan resistencia y exista el imperialismo, los trabajadores y el pueblo tendrán que estar organizados militarmente y con capacidad para derrotar al enemigo, preferiblemente por “no presentación”, pues como han señalado los grandes estrategas militares de la historia: “la mejor manera de ganar la guerra es evitarla”.

Esa fuerza militar del pueblo y para el pueblo, debe estar integrada y conformada principalmente por los propios trabajadores organizados territorialmente en milicias, con un cuerpo de especialistas profesionales, mantenido económicamente por los trabajadores, capaces de defender sus zonas de defensa y medios de producción y vida.

La historia reciente ha demostrado que la defensa de las Revoluciones no radica en la calidad técnica ni la cantidad del armamento, por sí solas, sino en el apoyo del pueblo al proyecto político social y su disposición a defenderlo por medio de la guerra popular revolucionaria armada, con participación de todos, contra el eventual enemigo; por lo cual el concepto de Seguridad Nacional abarca no solo las fuerzas armadas, sino también la economía, la política, la ideología, la cultura y otros aspectos en su integración orgánica.

El análisis de la experiencia actual china, muestra como la creación de una casta burocrático-militar que controla a su vez el aparato político, termina creyéndose dueña ella de los medios de producción, los recursos naturales y la fuerza de trabajo que trata como un capital más que se vende al mejor postor. Esa casta burocrático-militar en China, con tal de mantener el “control” sobre el país, los recursos y los medios de producción, ha terminado aliándose al capital internacional en la explotación asalariada de la clase trabajadora, entregándole -de hecho- el más importante de los recursos productivos: la fuerza de trabajo, hasta ofertarla como “ejército de reserva asalariada” contra el resto de los trabajadores del mundo, uno de los principales factores del actual disloque económico mundial.

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Estado, libertad y estímulo en el socialismo. (2da parte)

¿Qué libertad, qué igualdad? Mientras el ser humano tenga que venderse como fuerza de trabajo y no pueda disponer de medios de producción propios, colectivos o individuales, no será libre ni igual.

Por: Pedro Campos

Las ideas de la igualdad y de la libertad entre los seres humanos son tan viejas como los seres humanos mismos, pero vinieron a convertirse en bandera casi universal a partir de la Revolución Francesa que enarboló las consignas de igualdad, libertad y fraternidad.

Los revolucionarios burgueses lucharon por esos ideales buscando llegar a alcanzar niveles sociales y políticos similares a los de la nobleza. Tales ideas mágicas arrastraban tras sí a los trabajadores que, liberados de su condición de siervos, esclavos o semiesclavos serían la fuerza, la energía que movía el motor de aquellas revoluciones.

Los humanistas de distintos signos clasistas, creyeron que la igualdad y la libertad podrían alcanzarse por la buena voluntad de los seres humanos, las buenas leyes, por la educación en principios altruistas y nobles. Los socialistas utópicos se acercaron, como ningunos otros a la creación de condiciones objetivas que llevaran a una verdadera igualdad y la liberación de los seres humanos.

Las revoluciones burguesas habían liberado de sus vínculos feudales a los trabajadores que eran ahora libres de poder vender su fuerza de trabajo al mejor postor y podrían disfrutar en “igualdad” de condiciones de todos los derechos consagrados en las constituciones burguesas. Eran libres e iguales ante la ley. Pero las leyes eran hechas por los burgueses para proteger sus intereses clasistas y además tenían el poder político y económico para imponerlas.

Fue Carlos Marx, quien vino a descifrar y establecer el vínculo indisoluble entre estos conceptos y la realidad material, quien identificó que no había, ni podría haber igualdad ni libertad plenas, ni –desde luego- justicia, mientras no existieran las condiciones materiales objetivas que lo permitieran, mientras los seres humanos tuvieran que depender de otros para poder lograr su sustento, mientras tuvieran que verse obligados a vender su fuerza de trabajo (una moderna forma de esclavitud) a los dueños de los medios de producción, como una mercancía más.

Ni libertad, ni igualdad, ni justicia verdaderas puede haber en una sociedad donde unos son dueños de medios de producción y otros sólo de su fuerza de trabajo, para la cual no siempre encuentran comprador; donde unos poseen riquezay otros no son dueños de nada; donde unos compran la justicia y otros no pueden pagar ni un abogado; donde unos tienen dinero para disponer y hacer lo que deseen, y otros carecen de los necesario para alimentarse, vestirse, calzarse y techarse; donde, en fin, hay una sociedad dividida en clases, una de las cuales, minoritaria, explota y vive de la otra, mayoritaria.

La comprensión de esa realidad, de que el trabajo asalariado no era más que una nueva forma de esclavitud, es una de las bases principales del socialismo moderno y lo que llevó a los clásicos, a Marx específicamente, a identificar en El Capital todos los hilos de la madeja del sistema de explotación asalariado del capitalismo, desde la acumulación originaria de las tierras y el capital, hasta el desarrollo industrial y fabril con la maquinaria de vapor y su concentración de obreros y capital, que llegaron a vivir ellos.

Marx identificó claramente que el trabajador “despojado” de su condición de siervo, era ahora libre, sí, pero para ser libremente explotado por los dueños de capital y de los medios de producción. Y ser libre para ser explotado no es ser libre ni igual. El asalariado, al tener que vender al mejor, o peor, postor su trabajo, se ve obligado a depender del empleador, a responder incluso a sus intereses, a servirle. Es por eso que en el mundo capitalista una buena parte de los asalariados son sostenedores de ese orden, obligados por sus patrones a participar de sus partidos y organizaciones políticas y a reproducir el sistema. La libertad para la burguesía es esencialmente libertad para explotar, mercar y lucrar.

¿Cómo convertir en verdaderamente libres e iguales a los esclavos modernos, a los trabajadores manuales e intelectuales asalariados, obligados a vender su fuerza de trabajo para poder sobrevivir? Marx comprendió que eso sólo era posible con la abolición del trabajo asalariado y buscó la realización práctica de la libertad y la igualdad en unas nuevas relaciones de producción, donde el ser humano no fuera una mercancía más, vendible o comprable, de lo cual dependiera su existencia.

¿Cual sería la forma en que el ser humano dejaría de ser mercancía? Sólo cuando no se viera obligado a venderse a dueños de medios de producción, cuando él fuera también dueño de tales medios, para lo cual tenían que dejar de ser propiedad privada de alguien, para convertirse en propiedad colectiva, de manera que los seres humanos no tuvieran que depender de otros que le alquilasen o comprasen su fuerza de trabajo, y el sistema de trabajo asalariado se transformara así en una nueva forma de organización del trabajo, donde el hombre fuera a la vez dueño y productor, al fin verdaderamente igual que los demás ante los medios de producción y verdaderamente libre de su condición de esclavo moderno, pues ya por ser dueño, no tendría que trabajar para nadie, sino sólo para sí.

Era la desenajenación del trabajo. La forma de resolver la gran contradicción capitalista entre la producción social y la apropiación privada: haciendo también social la apropiación.

Marx encontró esa solución en las relaciones de trabajo que existían en las cooperativas formadas por los propios trabajadores, donde desaparecía la contradicción entre “el capital y el trabajo”, entre la producción y la apropiación, entre el dueño y el trabajador, donde los mismos que producían era los dueños, decidían democráticamente la gestión y repartían equitativamente (equidad no es sinónimo de igualdad, sino de justicia) las utilidades.

El socialismo de estado que se agenció todas las características del capitalismo monopolista de estado, nacionalizó la propiedad y la concentró, aún más que el capitalismo, en manos del aparato burocrático estatal todo-poseedor, que al monopolizar el mercado del trabajo anulaba su competencia y aumentaba su dependencia del capital, ahora estatal. El resultado fue el estancamiento del proceso hacia la igualdad y libertad plenas que se suponía al socialismo, donde los seres humanos serían iguales y libres porque ya no tendrían que vender su fuerza de trabajo y estarían en las mismas condiciones que todos los demás ante los medios de producción, serían igualmente dueños reales, no nominales.

Mientras el ser humano tenga que venderse como fuerza de trabajo para subsistir, a un privado o a un estado, mientras no pueda disponer de medios propios de producción (colectivos o individuales), no será libre ni igual, por muchas leyes que lo promulguen y enarbolen, por la sencilla razón de que seguirá siendo un asalariado, una mercancía, un algo que se tiene que vender para subsistir y puede o no comprarse, por las razones que sean.

Sólo es posible garantizar que todos y cada uno de los individuos posean medios de producción propios o en usufructo, en un sistema complejo basado fundamentalmente en la propiedad colectiva, cooperativa, autogestionaria y cogestionaria (trabajadores y estado), que incluya la pequeña propiedad individual o familiar y organice mayoritariamente el trabajo en forma cooperativa-autogestionaria, donde la propiedad colectiva, la gestión democrática y la repartición equitativa del plus-trabajo posibiliten a cada ser humano ser libre, dueño y decisor de su destino, condiciones reales de igualdad, que siempre se verificarán en un destino social, común, pues los hombres solos, aislados, sin vínculos de interdependencia con los demás no son seres humanos, sino bestias, como lo son en el capitalismo donde el lobo del hombre, es el hombre mismo.

“El rasgo distintivo del comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición de la propiedad burguesa”, se expresa en el Manifiesto Comunista, puesto que la propiedad lleva como apellido la forma de su explotación. La propiedad o el usufructo del colectivo de trabajadores que convierte en propietarios o usufructuarios libres y asociados a cada uno de los productores en forma individual, no es propiedad capitalista sino cooperativa, porque no sirve a los fines de la explotación del trabajo asalariado, si no que responde a las nuevas formas de producción socialistas.

Mientras exista trabajo asalariado y concentración de la propiedad sobre los medios de producción en pocas manos, habrá propiedad capitalista sea privada o estatal y por tanto la libertad, la igualdad y al justicia seguirán siendo objetivos humanos por alcanzar.

Socialismo por la vida.

La Habana, 19 de junio de 2008.

Contacto: perucho1949@yahoo.es

Artículos y ensayos relacionados:

http:/www.kaosenlared.net/rss/kaos_colaboradores_195.xml http://analitica.com/va/internacionales/opinion/8777149.asp.
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Estado, libertad y estímulo en el socialismo (3ra parte)

Mecanismo principal de estímulo a la producción socialista

Por Pedro Campos Santos.

“En el terreno de la Economía Política, la investigación científica libre se encuentra con más enemigos que en todos los demás terrenos.”
Carlos Marx


Tradicionalmente se ha denominado ley fundamental de la economía, al mecanismo principal que impulsa, que dinamiza, que estimula, a un tipo de economía dada. Carlos Marx descubrió que esa ley en el capitalismo era la obtención de plusvalía, la ganancia que busca y obtiene el capitalista a través del trabajo asalariado.

“Asegurar la máxima satisfacción de las necesidades materiales y culturales, en constante ascenso, de toda la sociedad, mediante el desarrollo y el perfeccionamiento ininterrumpidos de la producción socialista sobre la base de la técnica más elevada”.

Así definió Stalin “la ley económica fundamental del socialismo”, en su obra Problemas Económicos del socialismo en la URSS (1951). Desde entonces, la economía política del socialismo real, la ha asumido como tal. En término similares, más o menos, así quedó enunciada en todos los manuales de economía política y normalmente a ella se refieren los economistas a la hora de hablar de la palanca principal que mueve la economía socialista conocida. También eran identificadas otras leyes, como el crecimiento armónico y proporcional de las ramas y las regiones y la planificación centralizada.

En su práctica, ese “socialismo estatal”, en verdad un capitalismo monopolista de estado, también llamado “socialismo de estado”, que relegó la concepción cooperativista del socialismo que avanzaron Marx, Engels y Lenin, siguió funcionando fundamentalmente sobre la base de las relaciones asalariadas de producción, lo cual permitía a aquellas economías -que estaban en función del estado y no del ser humano- apropiarse y controlar centralizadamente las ganancias (plusvalía) para realizar sus planes generales sociales, económicos, militares, políticos y otros.

De manera que, independientemente de sus enunciados “socialistas”, aquellas economías seguían teniendo –contradictoriamente- como ley fundamental real, como motor principal, la obtención de plus-trabajo o plusvalía, encubierta en la “lucha del estado socialista por satisfacer las necesidades crecientes de la población”.

No es que, deliberadamente, los dirigentes del “socialismo de estado” se hubieran propuesto hacerlo así, es que la realidad objetiva del modo de producción capitalista que mantuvieron equívocamente, con la organización estatal asalariada del trabajo y la concentración de la propiedad en el estado, estancaba la socialización y los llevaba a seguir utilizando la ley fundamental del capitalismo, para intentar su “acumulación centralizada” en función de sus fines distributivos “socialistas”.

Al respecto señaló Engels: “Según eso (la concepción materialista de la historia), las últimas causas de todos los cambios sociales y de todas las revoluciones políticas no deben buscarse en las cabezas de los hombres ni en la idea que ellos se forjen de la verdad eterna ni de la eterna justicia, sino en las transformaciones operadas en el modo de producción y de cambio, han de buscarse no en la filosofía, si no en la economía de la época de que se trate.(1)

Por otra parte, la vida misma ha ido demostrando que ninguna economía moderna podría nunca tener como ley principal “satisfacer las necesidades crecientes” puesto que éstas son –sencillamente- inconmensurables, insaciables y terminarían por acabar con todos los recursos existentes en el planeta y hasta fuera de él, si no se impusiera una lógica racional de equilibrio entre las necesidades del ser humano y la naturaleza. El capitalismo moderno, que apenas puede satisfacer las necesidades crecientes de la burguesía, una pequeñísima porción de la población actual, está condenando al planeta a su extinción y acabará con él si no somos capaces de ponerle coto a su desenfreno consumista.

La búsqueda arbitraria de ganancias, de cualquier tipo de capitalismo, nunca encontraría la media racional imprescindible. Sólo una concepción colectivista, auto-sustentable, verdaderamente humanista de la sociedad, proyectada hacia el futuro, puede ser capaz de establecer parámetros racionales de consumo, que permitan equilibrar e integrar las necesidades humanidad/naturaleza.

El socialismo, llamado a sustituir al capitalismo por medio de la solución de su contradicción fundamental entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación (de la propiedad y el excedente, plus-trabajo o plusvalía), tenderá naturalmente a la socialización de tal apropiación, por medio del establecimiento de nuevas relaciones de producción, que no podrían ser las asalariadas del capitalismo, sino las basadas en el trabajo asociado cooperativo o autogestionario de los colectivos de trabajadores, unidos en un plan común, como definió Marx y se ha abordado en distintos trabajos de varios autores.

¿Cuál sería entonces la dinámica fundamental que impulse el sistema de trabajo cooperativo, la nueva forma de producir en el socialismo? La lógica indica que el mecanismo principal que impulsaría la economía en la fase socialista del nuevo modo de producción y estimularía el desarrollo y ampliación racionales de la producción en una economía sustentada en la propiedad colectiva y la gestión democrática, sería necesariamente la distribución equitativa de las utilidades, de las que antes se apropiaba el capitalista, desde luego una vez descontada la reproducción y los impuestos para los fondos sociales y de desarrollo.

Y este mecanismo que viene manifestándose ya imperceptiblemente por debajo de la propia economía capitalista, con los trabajadores imponiendo cada vez más sus intereses, con sus luchas legales y extralegales para ampliar sus ingresos, será el que permitirá al nuevo sistema ser más productivo, racional y capaz de superar la contradicción principal del capitalismo y resolver los otros problemas globales que está generando el moderno desarrollismo capitalista, como el de la contaminación ambiental y la relativa escasez de materias primas, agua y tierra, toda vez que una repartición equitativa (sinónimo de justicia y no de igualitarismo) de las utilidades en el colectivo humano que la produce, obliga a la racionalidad en el consumo y la búsqueda del equilibrio entre el hombre y la naturaleza.

De haber facilitado –como correspondía- la manifestación consecuentemente de esta regularidad del trabajo cooperativo asociado, el “socialismo real” no hubiera dado paso a la corrupción y el burocratismo, desviaciones que lo caracterizaron y que lo llevaron a la restauración capitalista. Entiéndase, que tales descarríos no son propiedades humanas, sino sistémicas, propias del trabajo asalariado y por tanto no se combaten, y menos se derrotan, en la esfera ideológica, si no en la de la organización de la producción.

Si esta regularidad, tuviera o no carácter de ley fundamental de la economía en la fase socialista, es algo que queda a demostración de la práctica histórica.

La distribución equitativa de las utilidades lleva de la mano a la abolición del trabajo asalariado y por tanto a imposibilitar la obtención de la plusvalía que busca el capitalismo; así como a la paulatina transformación de las leyes y categorías de la economía mercantil y a la transmutación del intercambio de mercancías en intercambio de equivalencias, base material del nuevo socialismo.

Tal distribución no será un fin en sí misma, si no un medio para lograr todos los objetivos económicos y sociales del socialismo como son un sustancial desarrollo de la base material y técnica, la extinción de las diferencias entre las clases, entre el trabajo manual y el intelectual, del desarrollo desigual entre las ramas y las regiones, la del propio estado y la materialización de una nueva cultural general integral en un hombre nuevo, en fin la creación de las condiciones objetivas y subjetivas, materiales y sociales para el desarrollo de la fase superior comunista.

Una vez alcanzadas esas bases, cuando el ser humano reciba no según su trabajo si no según sus necesidades razonables, entonces sí tendría lógica que la ley fundamental de la economía pase a ser la satisfacción de las necesidades racionales de la humanidad, pero no las consumistas “crecientes”, las cuales ya estamos viendo a dónde pueden conducirnos.

La Habana, 18 de junio de 2008.

Contacto: perucho1949@yahoo.es
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NOTAS:

1-F.Engels. Del socialismo utópico al socialismo científico. Marx y Engels. O.E. Editorial Progreso 1974.

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