jueves, 22 de mayo de 2008

SOCIALISMO, DEMOCRACIA Y MERCADO

Por Narciso Isa Conde

Está en debate el tema del socialismo en este siglo, después de las fallidas experiencias que tuvieron lugar en Europa del Este en el siglo XX.
¿Cuál socialismo?
¿Cómo transitar hacia él, previa ruptura y superación del control capitalista en la conducción del Estado y sobre la sociedad civil?
¿Qué hacer con la propiedad privada sobre los medios de producción, distribución y servicios en sus diferentes escalas y en los distintos sectores?
¿Qué hacer con el mercado?
¿Puede haber un “socialismo de mercado”?
¿La economía debe seguirse basando en un sistema de precios o es posible regirse por un sistema de equivalencias en función del cálculo del valor en cada caso?
¿Es posible hacer socialismo con las herramientas del capitalismo?
Cierto que el mercado surgió con anterioridad al capitalismo. Pero no menos cierto es que el mercado es consustancial a este sistema de dominación.
¿Es posible hacer socialismo sin eliminar la propiedad privada sobre los grandes medios de producción, distribución y servicio, solo introduciendo la economía de equivalencias y redistribuyendo más justamente el ingreso nacional por vía impositiva y a través de programas sociales, aumentos de salarios, bonificaciones…?
Esta claro ya, dadas las mencionadas experiencias fallidas, que la propiedad estatal con planificación burocrática-centralizada, lejos de conducir al socialismo, nos lleva inexorablemente un a súper-estado burocrático y a una gran crisis estructural. Por eso hay explorar nuevas rutas y dar respuestas a estas y otras interrogantes.


Interés y actualidad de estas preguntas.

Entonces, ¿qué hacer con el tema de la planificación?, ¿cómo relacionar esta cuestión con la propiedad, gestión y el mercado dentro de un proceso de orientación socialista capaz de superar integralmente el capitalismo y alcanzar felicidad espiritual, bienestar material, avance cultural y educativo, estadios superiores de salud y conocimiento, espíritu solidario, desarrollado armónico con la naturaleza, igualdad de derecho entre géneros, generaciones, razas, etnias y libertad para toda la sociedad?

Estas preguntas y las reflexiones que sugieren han cobrado especial interés y actualidad a la luz de lo que pasó con el socialismo en el siglo XX, del replanteo del socialismo en el contexto del nuevo siglo, de las controvertidas respuestas chinas y vietnamita a la crisis de su “socialismo de Estado” y de la discusión que tiene lugar hoy en Cuba, después de evidenciarse allí la necesidad de un cambio del modelo predominante estatista-burocrático y de la superación de la dualidad económica creada a raíz del periodo especial.


Actualidad del espíritu del Che y el problema de la transición.

En este contexto recobran actualidad las reflexiones de Ernesto-Che- Guevara y su espíritu de búsqueda, justamente en la víspera de su ochenta aniversario.

Y recobran fuerza especialmente sus críticas al cálculo económico, a la planificación burocrática, al culto al mercado, y a la unilateralidad en cuanto a los estímulos materiales a costa de la conciencia socialista. Su insumisión respecto a lo que veía en tren de fracasar o cargado de anti-valores propios del orden a superar.

La cuestión es que todo esto merece ser tratado con su mismo espíritu, sin apego al dogma, sin sacralizar sus reflexiones y búsquedas. Y, además, teniendo presente todo el desarrollo del pensamiento revolucionario socialista en las últimas tres décadas del siglo XX y en lo que va del siglo XXI.

Aquí quiero insistir en la necesidad de concebir el socialismo como transición y como construcción hacia él, desde determinadas niveles del desarrollo capitalista.

Transiciones después de una ruptura con la dominación y la hegemonía del capital: procesos siempre cargados de herencias, mecanismos, “culturas”, prácticas, sistemas…imposibles de superar por decreto o al instante; menos aun dentro de los estrechos márgenes de las revoluciones, o de los procesos hacia revoluciones, escenificadas en un país o un grupo limitado de países.

Transiciones revolucionarias más o menos difíciles, tortuosas, lentas, aceleradas, accidentadas…

Y es dentro de esas transiciones donde se necesita ubicar la justa relación en cada periodo entre formas de propiedad, sistemas de gestión, áreas de mercado y áreas de no mercado, valores y precios, espiritualidad y materialidad, seres humanos y naturaleza, tecnologías apropiadas e industrialización, procesos nacionales y procesos continentales y mundiales, Estado y sociedad, participación y coerción…

Si el capitalismo es un sistema de dominación integral (económico, social, político, militar, cultural, ideológico) el socialismo debe ser un sistema de liberación integral.

Por eso no es válido, ni en el terreno económico en particular, ni en el modelo en su conjunto, aislar una de otra, estas cuestiones esenciales.


Proceso progresivo y ascendente de socialización.

El paso de lo privado a lo social, y del Estado a la sociedad autogestionada, del mercado al no mercado, de la explotación a la no explotación, de las bases tecnológicas del industrialismo capitalista al desarrollo socialista (con tecnologías apropiadas y no agresiva contra la vida) …y la erradicación de todas las modalidades de discriminación, marginación y subordinación, opresión y violencia en dirección a una sociedad de seres humanos libres espiritualmente y libres materialmente, es ante nada un proceso progresivo y ascendente, sin exclusión de campos de acción.

Los grados de avances en la socialización deben medirse en cada uno de esos aspectos interrelacionados.

Lo viejo no se puede suprimir de sopetón, pero tampoco debe perdurar más de lo necesario; nunca se debería actuar por debajo de lo que posibilite transformar y reemplazar en el sentido anticapitalista y socialista la acción conciente de las fuerzas de vanguardia y la conciencia y determinación de los sujetos sociales del cambio. Y en este orden pueden darse situaciones variadas, combinaciones temporales y cambios ascendentes.

Una cosa es el mercado sin regulación y otra cosa es un mercado regulado por normas y acompañado de procesos que posibiliten su progresiva extinción. Igual una cosa es un mercado total y omnímodo y otra un mercado parcial acompañado de otras formas de intercambio.

Una cosa es un mercado en el que concurran solo las ofertas de empresas capitalistas privadas, y otro en el que concurran empresas de propiedad y gestión social, pasando temporalmente por diversas combinaciones en cuanto a participación de empresas con variadas formas de propiedad y de gestión (asociativas, cooperativas, colectivas, gestionadas, co-gestionadas, privadas, mixtas...).

Una cosa es un mercado dominado por monopolios y oligopolios privados y otro aquel en el que concurran empresas socializadas y cooperativas socialistas acompañadas o no de otras formas no hegemónicas de propiedad privada, individual y mixta.

Una cosa es hablar de una transición con un mercado sujeto a desparecer y con presencia de modalidades de propiedad privada o mixta en vía de superación, y otra es hablar de “socialismo de mercado” con creciente presencia de la concurrencia del gran capital transnacional.

La transición al socialismo puede ser compatible con procesos de mercado y presencia de propiedad privada o mixta de diferente rango. Pero el avance hacia el socialismo pleno requiere, mediante esfuerzos sostenidos de socialización, tanto de la superación de la propiedad privada sobre los medios de producción, distribución y servicios, como del mercado y de la explotación del trabajo asalariado.

Esto último implica a su vez la superación de todo estatismo basado en el trabajo asalariado, en la planificación centralizada y en la apropiación y/o el poder de decisión de la burocracia sobre el excedente.

El proceso hacia el socialismo, por tanto, en el campo económico debe implicar predominio ascendente de diversas modalidades de propiedad social y de la propiedad pública y/o estatal autogestionada o cogestionada por los(as) trabajadores(as); predominio del intercambio equivalente, basado en el valor real de las mercancías, predominio de la planificación descentralizada, democrática, participativa…

En lo político-institucional debe haber cada vez más democracia, cada vez más participación, cada vez más auto-organización, cada vez mas poder de decisión de la sociedad, cada vez menos Estado, menos represión…hasta su completa extinción.

En cuanto a relación de género, el socialismo es inseparable de la igualdad de derechos en la familia, en la sociedad, frente al Estado. Es inseparable de la plena superación del patriarcado.

Y ese sentido la igualdad de derechos dentro de las diferencias objetivas, es absolutamente válida tambien para el tratamiento del problema generacional, racial y étnico.

Todos son procesos progresivos, no automáticos. Pero todos deberían ser llevados a cabo con la mayor aceleración posible y en forma integral, al compás de la necesaria continentalización y mundialización de la revolución y el tránsito al nuevo socialismo.

De lo contrario, el socialismo se queda trunco, mediatizado, con tendencia a involucionar, a colapsar y/o a restaurar paulatinamente los anti-valores y mecanismos de la sociedad que se propuso superar.


El caso Cuba

El punto de partida cubano es otro: allí ha tenido lugar la expropiación de la propiedad privada capitalista en amplísima escala y se ha cumplido la fase del traspaso por vía revolucionaria de lo privado a lo público, junto a la conquista de la independencia frente al imperialismo. Solo que en ese proceso la estructura económica pasó a manos del Estado y no propiamente a la sociedad, de los/as trabajadores/as, y el partido, los movimientos sociales y los órganos de poder de la sociedad civil se amalgamaron con la burocracia estatal, perdiendo capacidad de socialización y democratización progresiva.

El caso cubano, a mí entender, es inverso, o más bien diferente, al del resto del continente: porque de lo que se trata allí es de convertir lo estatal en social, sustituir la planificación burocrática y centralizada por la planificación democrática-participativa, la gestión burocrática por la autogestión o cogestión obrera y popular, la centralización política por la participación democrática.

Se trata tambien de superar la dualidad entre estatismo y área dólar de la economía por un proyecto de transición único e integral, que tenga de mercado y de pequeña, mediana propiedad privada y propiedad mixta, lo imprescindible y/o necesario en cada momento; con tendencia a superar la relación propiedad estatal- explotación del trabajo asalariado, a socializar sin estatizar y a des-estatizar sin privatizar, auspiciando la propiedad colectiva, la cooperativización socialista, la autogestión, la auto-organización y la democracia participativa y directa.

Y esto entraña vencer y reemplazar el poder burocrático, algo bastante distinto a derrotar la gran propiedad privada capitalista, el dominio oligárquico- imperialista y las garras del capital transnacional. Distinto, menos complejo y menos traumático, pero no fácil.

Esta idea de socialización de lo estatal y democratización socialista, claro está, nada tiene que ver con el “modelo chino”, eficaz como vía de restauración paulatina, social-democratizante y “no traumática” del capitalismo; lo que en el caso cubano, sería todavía mucho más negativo (incluso en lo relativo a su soberanía), dada la dimensión de su economía y de su país y la cercana gravitación del imperialismo estadounidense y de la mafia cubano –americana de Miami.

En Cuba –ya lo han dicho intelectuales cubanos y cuadros político con mucha autoridad y experiencia- lo que está a la orden del día y podría lograr el máximo de consenso es la superación del poder de la burocracia en la economía de Estado y en el sistema político institucional, la sustitución del modelo actual por un nuevo modelo de orientación socialista, hacia un socialismo participativo y profundamente democrático, y hacia un relevo generacional.

Otra opción, a mi entender, habrá de generar contradicciones y situaciones no deseables.

Está claro, además, que a nivel continental el reencuentro revolucionario es imposible al margen de la necesidad de abrazar los nuevos socialismos, capaces de superar el capitalismo neoliberal y su seudodemocracia, y el mal llamado “socialismo de Estado”.

Mayo 2008,
Santo Domingo, República Dominicana

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Légalité Gruyère

La actual constitución del país.

Por Ramón García Guerra

En la acera sur de Quinta avenida en Miramar --entre 18 y 20-- el señor Jaime compró en 1998 una gran mansión con dinero sucio. Este dinero: 180 mil dólares en total, Jaime lo logró birlando al fisco en España. Entonces pedía datos para un libro contra Raúl Castro (2001). En un arduo viaje por todo Pinar del Río, ¡Jaime gastó 340 dólares de gasolina en un automóvil marca Tico! La misión de don Jaime era organizar una “disidencia” contra la Revolución cubana. El dinero invertido se reducía en una apuesta: Castro caerá. Para cuando llegase ese momento una mansión así en Miramar valdría millones. En esa apuesta embaucó a un amigo suyo: Sebastián, otro mallorquín, que invirtió 320 mil dólares en La Habana.

En cambio una viejita en mi barrio debía asistir a una oficina creada al efecto para explicar cómo había llegado a su casa. Le llaman Mamota: vive en Primera no. 29618. En la oficina de inmediato todos se percataron de lo injusto que significaba retener a la anciana allí. Pero… Cualquier voz en su defensa caería bajo sospecha de soborno. Pues, ¿por qué abogar por ella? Quien dirigía la Comisión resultó un corrupto. Cuando alguien lo abofeteo por estafador los CDR nacional ordenaron y televisaron un acto de desagravio en su nombre. Para todos… un “héroe”. En otro caso le pedían 14 años de privación de libertad a un tal Manuel; sin embargo, aún bajo prisión cautelar le dieron fianza y lo dejaron salir hacia Estados Unidos ante la vista de todos. Con esas redes, ¿qué pez se escapa de ellas? Jamás hizo saber el MINREX cubano al Gobierno español de las felonías de don Jaime(1). Pero sigue en apuros Mamota hasta la fecha. Esto es legalidad socialista ¿o no?

Siempre estuvo esa Comisión bajo presión. Este tipo de control sicológico sobre la misma era conforme con la “reforma legal” anterior. El ministro de justicia “ajustó” el Código penal para facilitar la ofensiva. Y como un corolario de ello liquidó de un plumazo la integridad del Código civil cubano, entre otras cosas. Pasó así por encima de la Asamblea Nacional en tal caso. Esto nos hace saber cuán manipulable puede resultar la legalidad en Cuba(2). Sobre todo porque tal razón de Estado sería el sostén del carácter expedito que adoptó aquel operativo policial. Es decir, no sólo con Manuel la ley fue torcida. También un ministro de Justicia claudicó ante la presión(3). En tal sentido se hallarán los burócratas en conflicto –como Jorge Luís Borges diría-- entre “múltiples y contradictorias fidelidades”. Pero ninguna de ellas tributaría en la soberanía popular. Rescatemos la memoria del proceso: Cuando se ordenaba la ofensiva contra las ilegalidades en el sector de la vivienda (2000), a lo menos, los oficiales del MININT a cargo de la misma se enfrentaron a tres dificultades básicas: a) Parecían ellos turistas que habían conocido a un bacalao en Internet y ahora se hallaban frente a él; b) La presión del mando venía del Consejo de Estado y la táctica era “arrasar”: frenar la especulación y castigar al bandido; c) El delito de “actividad económica ilícita” era insuficiente para asegurar la legalidad del operativo en cuestión. ¿Qué hacer? Como tantas veces antes, ahora estos oficiales estaban obligados a hacer el trabajo sucio(4). Las políticas de Estado y las prácticas de administración antes dejaron crecer la mala hierba. Después los policías se ocuparán de reordenar el “gallinero”. Con tanto apremio encima estos oficiales pusieron así en marcha una máquina de hallar culpables. No obstante, en aquel momento alerté: La ofensiva debe ser política: ni administrativa ni policial (seguía a Antonio Gramsci en esto). Empezarán por desconfiar de todos. Terminarán por desconfiar de ustedes. La mala hierba volverá a crecer. Esto les dije. Y así fue. Entonces algo anuncié: Después de todo se creará en el mercado negro un “sistema inmunológico” contra todo operativo de la policía. En fin… La miopía política tuvo razones más fuertes.

Sabemos los juristas en Cuba cuánta manipulación juega sobre nuestra legalidad. ¡Ante la gran maquinaria serás Nada! Los estudios académicos de Derecho en la Universidad son despolitizados mientras se sobrepolitiza al aparato de administración de justicia. Hace una semana atrás, un joven fiscal me decía: “Lo penal corre del instructor al fiscal y de este último al juez. Como si sólo tratáramos con frías cifras. Nadie dará la cara, nunca. Nadie se siente responsable por lo hecho”, además. Desde luego la práctica jurídica de un país socialista no puede ser esta. El doctor Julio Fernández Bulté ha marcado la diferencia entre una anterior y docta jurisprudencia en la década de 1960 y una práctica legalista vulgar y posterior fruto del Estado obrerista (1971-1989). Pero esto es tomar el rábano por las hojas. En verdad la cuestión es más de esencias. El fondo del dilema estaría en la exacta filosofía jurídica que en todo tiempo se adoptó. Por tanto, hablo de una toma de partido ante la lucha de clases en Cuba. En tal sentido sugiero ir más allá del enfoque institucionalista que marca al análisis hasta hoy. Y así hace justicia Bulté al decir: La labor de todo legislador es hacer leyes: para ser cumplidas, no violadas(5). Lo que hoy tenemos a mano los juristas marxistas cubanos para echar adelante la reforma política que alienta el compañero Raúl Castro, y aquí estamos con él, sería aquel texto inconcluso de Carlos Marx: Crítica al derecho político hegeliano. Esto es, como asidero, la adopción de un enfoque filosófico - antropológico sobre la sociedad política. Marx decía: La sociedad política es una realidad particular --pero igual: una causa suprema en sí misma-- de la sociedad civil. Entonces para no deificar lo político yo hablaría mejor del estado político de la sociedad civil. En tal sentido diría: El estado político de la sociedad cubana es un estado policíaco en defensa propia. La línea del cinismo o la supina ignorancia en el gremio pasaría del kelsianismo (burgués) al normativismo (soviético) sin enfrentarse o buscarse líos con los políticos en Cuba(6).

En este instante hay casi 100 plantes de abacuás sólo en Ciudad de La Habana. Los masones tienen, además, un montón de Logias en el país. Esto sin contar las iglesias todas, etcétera, hasta resumir más de 2000 asociaciones civiles en Cuba. Es un tejido humano denso que produce esa moralidad que, a su vez, sostiene a la sociedad cubana. Alguien puede presentar como objeción lo siguiente: oficializar tales nodos fragmentaria a la sociedad o --para hacer filosofía en tal punto--, reduciría lo específico-humano en lo particular-individual. Nada más distante de la verdad. En tal sentido lo humano en Santa Fe, en 1976, por ejemplo, era recibir un litro de leche que en la madrugada el carrero había dejado en la puerta de la casa, sin que nadie se atreviera a tomarlo antes que dicha familia. Ahora la expresión de “lo humano” son las viviendas enrejadas. La calidad de una sociedad se mide así. Desde luego, existen más regulaciones legales hoy; pero… Nunca las gentes confiaron en esas leyes. Siendo tantos los marxistas en Cuba, hoy lo absurdo sería que apostásemos casi todo a normas así. Parece obvio afirmar que la moral pública (cívica) que se impondría con tanta pluralidad sería regresiva respecto de un proyecto de mejoramiento humano en la sociedad cubana. Quien piensa así tendría toda la justicia de su parte. En cambio, me pregunto aquí: ¿Acaso es menos arbitraria cierta legislación que institucionaliza un colonialismo interno(7), y que, además, desde las políticas del Estado cubano se reproduce hasta llegar a la capilaridad de nuestra sociedad? La cosa sería hoy fomentar la virtud entre las masas. Deberíamos, no con catecismos sino embarrados de pueblo, premiar al altruista y castigar al egoísta; alabar la alegría y disipar el miedo(8). Ahí comenzaría todo.

Confieso que, en el mejor de los casos, la política es ajena a la condición humana del hombre. Desaparecerá. Mejor dicho: Al final la hundiremos en el olvido. Ya no estaría ni siquiera entre nosotros como actitudes de pudor, prestigio o buen gusto… tan burgués. Sugiero con toda intención una teoría al respecto. Entremos en detalles. En toda sociedad política existen dos dimensiones que se integran: un ethos (ético-social) y un fathos (etno-cultural). Cuando hice mención a abacuás y masones, por ejemplo, me refería a fuentes muy singulares en la sociedad para la creación de normas morales, así como a sendas tradiciones culturales cuyos orígenes se hallarían en las antiguas África y Europa --antes y después de 1492--. Sin duda esto es más complejo aún que lo dicho. Lo que ocurre es que ambas dimensiones se complementan como dos tapas de una naranja. La dialéctica que tal sociedad política producen en dicho empalme tendría dos extremo: a) socialidad-sociabilidad, y b) legalidad-legitimidad; que, desde lo ético-social y lo etnocultural, en cada caso, serán puntos que tensionan y activan a la sociedad política. Es decir, la hacen avanzar, retroceder o estancarse como proceso histórico concreto. Por esta razón toda práctica de colonialismo interno –como habanerocentrismo, holguinerocentrismo, etcétera-- se convierte en un crimen contra la nación(9). Por eso mismo la actual división política-administrativa del país es un absurdo. Productivista en extremo. En ambos casos significan un freno al proceso etnocultural cubano y reducen las formas de autorregulación ético-moral de la sociedad cubana. José Martí diría: “La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país”. Lo dijo Martí en: “Nuestra América”, y se cita mucho. En cambio se aplicará menos. Por ejemplo, la forma de vida cotidiana en la ciudad --como socialidad concreta-- se intenta sociabilizar en el campo. Después se decreta una ley migratoria interna que convierte a miles de cubanos(as) en extraños en su propia tierra. Por tanto, las leyes son racistas, asimismo, cuando en su diseño y aplicación no consideran las diversas regiones culturales del país o las actuales diferencias sociales. Le falta un enfoque etno-cultural al Código penal, en tal caso (10). Apenas nos bastaría con consultar la estadística judicial para percatarnos de este simple detalle (11).

Desde esa teoría problematizaríamos la realidad en Cuba. Sería una tarea que confiaríamos al atento lector. En un ensayo mío: “La otra Cuba: entre dos aguas” (inédito) me extiendo en tal asunto. Luego, en este espacio no sería pertinente ahondar sobre el tema. Considero como suficientes estos brochazos. La idea es mostrar que resulta algo viable superar el reducido horizonte intelectual que ha obstruido los actuales análisis sobre una posible reforma de la Constitución cubana(12). Por ejemplo, la retórica legalista más progresiva del régimen no rebasaría el empeño por una reconversión de las prácticas verticalistas que aún conforman las estructuras del poder socialista en Cuba. (En tal sentido el título de otro artículo mío aquí en Kaos-Cuba sería más exacto: “La mala palabra en Cuba no es centralización sino exclusión”(13) La cuestión se refiere a cómo rearticular de manera más orgánica y pertinente la relación entre Estado y sociedad (14). Los textos que publico acá en Kaos-Cuba buscan articular tres líneas de discurso que no siempre llegan a feliz destino: debate político, análisis histórico y teoría social. La prensa digital también conspira en mi contra. Evidentemente intento dialogar con aquellos segmentos de la intelligentsia cubana que tienen acceso a Internet. En tal sentido Kaos-Cuba oficia de espejo. Precisamente ayer un amigo me preguntaba porqué tanto esfuerzo y riesgo personal. Entiendo que al régimen cubano le resulta difícil negociar con un idealista (15), así como al común de los cubanos una actitud así le puede parecer hasta ridícula (16). En el mejor de los casos, la gente acude al autoengaño al no encontrar salida al conflicto que significa echar su propio proyecto de vida adelante. Entonces se autoengañan los ingenuos. Complicarlo todo entonces no siempre se agradece (17).

Este sería el momento de mover el dial. Lo cual no volverá a ocurrir sino 30-35 años después. Entonces no tendría para mi generación ningún sentido. En cambio sobre nuestras conciencias flotaría la culpa. ¿Pudimos hoy hacer algo y no lo hicimos acaso? La vida personal y colectiva que buscamos hacer apenas sería compatible con un modelo de sociedad futura en particular: socialista libertaria. No en otra. Esta sería hoy la única solución de continuidad para el régimen socialista en Cuba, según mi opinión, frente al dilema político que significa el actual estado de cosas (18). En tal sentido, en las páginas que siguen propongo tres o cuatro temas en debate. Entre estos temas se encuentra la necesidad de una mayor transparencia en la gestión del Estado. Luego, según la visión horizontal del poder que promueve el compañero Raúl Castro, se impone cierta personalización de la política que responsabilice a sus actores directos. En ambos casos se rescata una tradición histórica fundada en la autonomía del municipio en Cuba. Pero esto traería a primer plano la discusión sobre los atributos del diseño y realización de nuevas estructuras de poder popular, todo lo cual facilite la articulación de una sociedad dialógica en Cuba y la inserción internacional del país. Esta cuestión nos llevaría a considerar, así mismo, ciertas exigencias de tecnología política –como los ajustes y balances entre los gobiernos Central y locales, por ejemplo--. Pero… Entiendo que no sería pertinente hacer una digresión así en este espacio. Lo que sí me parece esencial sería una discusión sobre el estatuto de ciudadanía entre cubanos(as) que se encuentran dentro o fuera de la Isla. Y esto no implica ceder –como Che Guevara diría-- “ni un tantico así” ante el imperio.

Empecemos por el principio. En su plática con Alarcón, el joven Eliécer indicaba una exigencia que adquiere fuerza en Cuba: Lograr una mayor limpidez en la gestión del Gobierno cubano. Entre las pocas cuestiones a las que Eliécer dio mayor énfasis se encontraba la que reconoce la urgencia de dar rostro humano a la política en el país. Exigía que los políticos tuvieran que presentar un proyecto de gestión ante el pueblo. En tal sentido pienso que si hacemos algunas precisiones a su propuesta no se moleste el joven. Está viva en la memoria histórica del cubano la rémora de la politiquería en Cuba, tanto del pasado capitalista como del presente socialista. (Sólo que ahora se presenta como un politicismo que ha desarmado a las masas en la batalla. Pero en ambos casos el efecto resulta el mismo: exclusión, humillación, opresión.) La misión histórica de nuestra generación sería el transferir con urgencia todo el poder constituyente del Estado a la sociedad. Es decir, restituir el derecho del pueblo a hacer sociedad. La clave estaría en organizar a la comunidad para que reflexione sobre sí misma. Esto es: Lograr articular nodos de conciencia crítica, como un proceso autorreflexivo constante, desde la sociedad local hasta la sociedad nacional (19). Cuando tal situación cada Consejo Popular logre conformar su programa de desarrollo endógeno, entonces, ningún político tendría oportunidad de evadir el mandato del pueblo. Entonces lo que se discutiría sería la fórmula que cada político sugiere para la realización de aquel proyecto. En cambio, el asunto de la limpidez no admite discusión alguna. Pues nos enredaría en una negociación ridícula con la retórica fatua e insulsa del “despotismo ilustrado” en un antiguo régimen agotado (socialista igualitario: 1959-2001). Entendamos al fin que ni el seguro, ni la educación, ni la salud, etcétera, serían dadas como gratuidades por un “Estado-padre de familia” a los cubanos(as). El sudor del pueblo trabajador en Cuba lo paga todo. ¡Nadie tiene el derecho a ningunear o chantajear a un pueblo heroico! Este espíritu se advierte entre las palabras del joven Eliécer… todo el tiempo. Los héroes del joven Eliécer, además, han perdido sus dientes en el surco.

Las otras cuestiones que consideró Eliécer se referían a ciertas exigencias que surgen del proceso natural de rearticulación de una clase media urbana en Cuba. (Sobre todo capitalina.) Lo cual resulta hoy algo puntual pero muy pronto será una sentida reivindicación de amplios sectores de la sociedad cubana. Sería un silogismo muy simple: La adopción de una economía de servicios en Cuba nos está llevando hacia una sociedad abierta. Socialista libertaria, además. La cosa es tomar la ofensiva y no esperar que el futuro nos venga encima. Porque… En nada se parecen las tareas de dirigir un país y de administrar una bodega –como bien diría el compañero Fidel Castro en su mensaje al VII Congreso de la UNEAC (2008)--. Veamos, en cambio, cómo pudieran ser ajustadas –siendo en ello consecuentes con la reforma en curso-- las viejas estructuras del Estado cubano. En el actual diseño constitucional del Estado cubano (1992) se distingue entre Gobierno central y gobiernos locales; con la presencia de los gobiernos provinciales como agencias cuasi delegadas del poder central. El estatuto de tales gobiernos se asemeja al de los ministerios dentro del Gobierno central. Gobierno central, además, que tiene complejidades propias: Asamblea Nacional, Consejo de Estado y Consejo de Ministros. Según mi opinión, tanto la condición adjetivada de la Asamblea Nacional, así como el rango exclusista del Consejo de Ministros, resultan sendos anacronismos del antiguo régimen. El actual balance autoritario en tales estructuras de poder beneficia a los burócratas y perjudica al pueblo. Por otra parte, para la Asamblea Nacional: el modelo representacional es burdo. La sociedad política es la misma sociedad civil que reconoce las relaciones asimétricas de poder contenidas en esta última (20). Para el modelo de hombre-masa que institucionalizó la sociedad política que intentamos hoy reformar, ante todo, explica el criterio de representatividad que se mantiene aún vigente. Todo eso debe ser echado al cesto.

Entonces cabe una pregunta en este extremo: ¿Cómo se recicla un Leviatán? Pensemos al detalle el asunto. Según mi opinión, la nueva estructura del Estado debería estar integrada por una Asamblea Nacional, un Consejo de Gobierno y los gobiernos municipales que resulten (21). Ahora bien, respecto del Consejo de Gobierno (o Ejecutivo): En este se articularían las dos dimensiones del poder antes señaladas: horizontal (territorios) y vertical (gabinetes). Sin embargo el actual balance de poder es asimétrico dentro del Ejecutivo. En este momento no tenemos un Consejo de Gobierno que garantice tal equilibrio. Pudiera ser reconvertido el Consejo de Estado, en tal caso. Desaparecería así el actual Consejo de Ministros. Después se impondría una efectiva subordinación de aquél a la Asamblea Nacional. La cual debería purgar los criterios de representatividad que afectan su integración y dinámica, para adoptar aquellos propios de una democracia directa: Poder Popular. Luego, por una parte, en la integración de los Consejos de Administración en las provincias, además, deben estar presentes los alcaldes municipales de la región implicada. Por otra parte, lograr la mayor soberanía en el municipio exige de la articulación efectiva de una economía y una legalidad que resulten congruentes con la reforma constitucional del país. Para más socialismo, he dicho. (Porque si no se tendrían tantas libertades como aquellas que disfruta un simio para revolcarse dentro de una jaula.) Finalmente, las formas de control político de arriba-abajo deben ser complementadas con otras de abajo-arriba. En ese sentido Ernesto Che Guevara diría: “El mejor de nuestros compañeros lo podemos convertir en un delincuente en menos de seis meses. Baste que escape al control”. Esto haría de los consejos populares unas piezas claves. Lo cual restituye la razón fundacional de aquéllos (control popular) en la reforma en curso.

Por tanto, insisto, todo cambio debe comenzar en la sociedad civil; así como terminaría en la misma. ¿Por qué? Porque al modificar en ella las estructuras y los balances de poder, entonces, se crearía así la condición de posibilidad para la constitución de una nueva sociedad política. En cambio, ¿qué sentido tendría reformar a la actual sociedad política si ella misma resulta ajena a la condición humana del hombre? La política es conflicto entre personas físicas. Correcto. Pero también es proceso de regeneración activa de la sociedad. Dominar esta dialéctica será fundamento del arte político. Esta senda ha escogido el compañero Raúl Castro al proponer una reforma política de la sociedad cubana. (Esto me hace militar en las filas de su ejército, además.) Ahora bien, estos ideales por sí mismos no resuelven una inserción internacional favorable para la Revolución cubana en un mundo verdaderamente hostil a la misma –por ejemplo--. Según la sicología política de la Vieja Guardia, en tal caso, la apuesta se reduciría en un silogismo algo simple: El propio egoísmo del imperio crea grietas en el sistema-mundo que debe aprovechar la clase política en Cuba… mientras así esperamos por la Revolución mundial. En verdad los procesos de regionalización de la economía mundial abren oportunidades inéditas para la Revolución cubana. Incluido el ALBA. Pero el asunto es moverse con el mundo. Desde hace tres décadas atrás el mundo se empeña a lo menos en la articulación de aparatos de producción flexibles. Estamos en el vórtice de una civilización emergente que se impone, según Darcy Ribeiro. Cuba se reúne o la tiran. Veamos los detalles. Michael J. Piore y Charles F. Sabel escriben: La segunda ruptura industrial (1990). Lo cual discute Boaventura S. Santos (2000), pues tales análisis no incluyen otras formas alternativas de ordenar la producción social al Sur. Sin embargo, Santos no impugna la actualidad de aquella tendencia mundial. Tampoco llega a explorar las alternativas que estudian Piore y Sabel: producción flexible y modelos artesanales. Finalmente, Santos no discute la filosofía neokeynesiana que defienden estos autores. En fin, ajustar el modo de producción en Cuba a las nuevas tecnologías en el mundo no resultaría algo imposible después de haber adoptado el compañero Raúl Castro una visión horizontal del poder. Lo demás es trámite pues los políticos saben qué discutir a título de “Estado cubano” en Naciones Unidas y qué confiar a título de “ONGs cubanas” en el Foro Social. En principio sería ONGs orgánicas. Pero no así fusionadas con el Estado. Insisto: El cambio debe empezar por la sociedad civil misma.

Luego está lo que Eliécer dijo y también lo que silenció. Entrar a un hotel en Cuba o viajar al extranjero nos hace turistas y nada más. La cosa sería más compleja si se estima la posibilidad de otorgar a cualquier extranjero plenos derechos en Cuba o asegurar el derecho de ciudadanía a todo emigrado cubano, por ejemplo. Entre los derechos más humanos se encuentra aquel que garantiza a todos el dominio personal y colectivo sobre unas condiciones de existencia digna y suficiente para cada individuo que integre la comunidad en cuestión. Los ideales socialistas se fundamentan en derechos humanos tales. Por ejemplo, la simple residencia permanente de un holandés en Cuba, según el Código civil cubano, lo autoriza a disfrutar de todos los derechos sociales, económicos y culturales que tendría un cubano. Sin embargo, un cubano que emigró a Miami no tiene tales derechos en Cuba. Increíblemente, ¿será el cubano emigrado un secuestrado en exclusiva del poder imperial? ¿Acaso esto libera de responsabilidad total al Estado cubano? Piense bien: El peor castigo que un niño aplica es decir: “No te quiero más a ti”. La peor condena contra la Patria sería convertir en exiliado a algún(a) cubano(a). Porque… 11 es menos de 14. “Quiero decir: por expatriado yo / tu eres ex patria” –según una aclaración de Roque Dalton--. Lo más honrado sería reconocer que las remesas que envian estos “expatriados” (870 millones), por ejemplo, superan a los ingresos netos de la nueva economía en Cuba (730 millones). Más o menos. Lo que sucede de fondo, en tal caso, estaría en una marca de diferencia esencial entre ambos: Casi todos los cubanos emigrados siente nostalgia por su Cuba; mientras la nueva economía está licitando la dignidad de la nación cubana. Resultan diferentes lógicas. Sabíamos que un cubano(a) podría resultar un ciudadano(a) de segunda clase en su propio país, pero nunca que se llegaría a institucionalizara la antipatía contra el mismo en Cuba. Esto es racismo a pulso. En el guión de una película que realizó con amigos brasileños de Cinema Processo dejo dicho: La marea va y viene todos los días. ¿Acaso tiene ella que explicar todos-los-días porqué lo hace? Definitivamente, ¿estamos en verdad dispuestos en articular un Diálogo con la Emigración que al final devenga en estado de Concordia Nacional?

Llegando a tal extremo me detengo. Confieso haber esbozado un mapa. El lector habrá encontrado más búsquedas que soluciones. La reforma de la Constitución en Cuba, con artículos así, gana una vitalidad que supera al institucionalismo que hasta el momento lastra al pensamiento jurídico en el país. Antes había dicho: La miopía política [siempre ha tenido] razones más fuertes. Esta ceguera ha impedido a los políticos en Cuba hacer la distinción entre formas de centralización del poder y modos de exclusión social en la sociedad cubana. Desde luego, menos podrán ellos hallar diferencia alguna entre centralización y autoritarismo al intentar un diseño más pertinente del futuro Estado. En una primera parte, quizá, hubiera sido aconsejable incluir una variedad de problemas aún mayor, pero preferí ocuparme de la discusión del paradigma de justicia que legitimaba al régimen político agotado: socialista igualitario (1959-2001). Es que… Los ideales de justicia social adoptados por el socialismo cubano han tributado en cierta tradición gregaria nacional. Ahora bien, ¿cómo romper con un socialismo igualitario sin traicionar nuestros ideales comunistas de justicia? (Esto me hace recordar aquella copla andaluza que Góngora repetía: “ni contigo ni sin ti / tienen mis males remedio / contigo porque me matas / sin ti porque me muero”.) En tal sentido, allá por 1988, había escuchado a Roberto Fernández Retamar decir: “Estamos contra las desigualdades artificiales. Pero también contra un igualitarismo empobrecedor”. Intento en este artículo dejar eso claro. En una segunda parte, en cambio, resumí una posible agenda de cambios. La cual pudiera oficiar como un argumento para la reforma de la Constitución sin llegar a agotar el tema. Presté más atención a puntos decisivos del drama político e histórico en Cuba, según mi opinión. Entonces hablé de “lograr una mayor limpidez en la gestión del Gobierno cubano”, y del “actual diseño constitucional del Estado cubano”, como parte de un proceso de democratización radical de la sociedad cubana. Luego, hallo tanta ternura en nuestra Patria que dije: La peor condena contra la Patria sería convertir en exiliado a algún(a) cubano(a). Por ello cierro este artículo con una plegaria de mi difunto amigo Raúl Gómez Treto: “Cuba se salvará con la ayuda de Dios y el concurso de todos los cubanos”. Amén.

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NOTAS

(1) Espero que la INTERPOL tome nota del caso

(2) Insistentemente, ese estado arbitrario de cosas se repite. Fueron a la cárcel decenas de ciudadanos con el Plan Maceta. Tener dólares era delito. Luego, pocos días más tarde, el dólar se despenaliza y nadie fue indemnizado por aquel atropello. Quise decir: Atropello a la dignidad del cubano.

(3) Cuando echan a andar esas máquinas no se pueden parar. Hasta llegar al límite. Entonces pocos tienen vocación de mártires.

(4) Nadie se llame a engaños pues el MININT replica el dilema de una sociedad hacia su interior. Es decir, esos soldados de la Patria son hombres y mujeres de carne y hueso. Éstos(as) no viven en otro planeta. Y si algún mensaje debo hacer explícito es que confiemos en ellos, tanto como en nosotros mismos.

(5) Líderes al adoptar un enfoque ético del Derecho en Cuba: Armando Hart Dávalos y Julio Fernández Bulté.

(6) La cantidad de maestrías que los juristas cubanos buscan obtener es alarmante por dos causas: una, por la desmesura en el empeño, y dos, por la unicidad en el tema: marketing. ¿Alguien en Cuba me pudiera decir a qué apuesta el gremio? Quizá no me he enterado y llego tarde a la fiesta.

(7) Exactamente como lo definió Pablo González Casanova. Sólo que dicho marxista nunca imaginó que una sociedad socialista lo mantuviera igual sin pudor alguno. Luego, medio siglo después venir con justificaciones es ser un inmoral; además.

(8) Algún sabiondo diría: “¿Quién decide que distingue al altruismo del egoísmo?” Parece simple la respuesta a ofrecer: Las personas más oprimidas, humilladas y excluidas de la sociedad. Siempre que se hallare alienada la condición humana del hombre ningún proyecto de emancipación social estaría aún concluso.

(9) Entonces la nación se convierte en espacio donde no cabemos todos.

(10) Le falta un enfoque de género, un criterio de justicia más adecuado a las desigualdades sociales existentes en el país, una mejor consideración de lo racial, etcétera. Por tanto, sea por acción u omisión, este código jurídico-penal es sexista, clasista y racista. En ese sentido este dilema político afecta a casi toda la legislación vigente en Cuba.

(11) Lo cual parece más sencillo en una dirección provincial de Justicia que en el MINJUS.

(12) La relación entre categorías sociales como: autoridad, centralización y solidaridad no es directa, proporcional y exacta. Centralización no significa ni autoritarismo ni exclusión a ultranza. Aunque en la práctica del socialismo histórico así halla sido

(13) En este artículo recogía una intervención mía en la Cátedra Haydee Santamaría en diciembre de 2007. La cual sería publicada días después en Kaos-Cuba. El énfasis de tal artículo se dedicó al análisis histórico y técnico de la economía cubana, así como a recuperar un debate inconcluso sobre la actualidad de la ley del valor en el socialismo en Cuba.

(14) Esto decía en mi artículo: “En política las inconsecuencias se pagan caras” --que llegué a publicar aquí en Kaos-Cuba en octubre de 2007--, cuando en el mismo hacía referencia a un diálogo que sostuve con el sociólogo portugués Buaventura Sousa Santos en Casa de las Américas en 2005.

(15) Siempre el régimen socialista igualitario en Cuba supo negociar mejor con un oportunista que con un idealista. Pues ha tenido un repertorio amplio de medidas a su favor: censura, chantaje, cooptación, asedio, omisión, etcétera.

(16) La reacción defensiva ha sido hundirse en sus problemas sin atender lo colectivo. Sistemáticamente las masas populares han sido desarmadas para el ejercicio del autogobierno por un Estado policial, autoritario y mediocre.

(17) Entre los críticos que usa máscara aquí en Kaos-Cuba, uno me acusó de inventar Expedientes X al analizar el actual dilema de Cuba. Quizá me medió con su vara. Pero sería un buen ejemplo para entender lo que ahora digo.

(18) En tal sentido me enfrento al desafío histórico que nos planteó el compañero Fidel Castro en La Universidad de La Habana el 17 de noviembre de 2005.

(19) Desde 2001 intento echar adelante un proyecto de articulación de Observatorios Comunitarios en cada Consejo Popular en Ciudad de La Habana. Es una iniciativa que se ha conformado sobre la marcha. En un principio levanta una expectativa inmensa entre los administradores locales, pero después llegan las objeciones en el momento de la transferencia real de poderes al pueblo. Prefieren seguir tolerando los talleres de transformación integral de la comunidad (TIC) como el mal menor. Estos resultan una fórmula de compromiso entre estatistas y civilistas, asimismo, donde la Educación Popular resultaría la piedra de toque. Esta fue una negociación que ocurrió mientras se replegaba del socialismo en Cuba. Es decir, en el primer lustro de la década de 1990. Dentro de una nueva arquitectura de gobierno, sin duda, dichos observatorios serían un fundamento para la autogestión socialista. Significan, además, una fórmula de democratización radical del socialismo cubano.

(20) Por ejemplo, en la década de 1950 los cubanos(as) migraban por razones diversas a los Estados Unidos. En la década de 1960, en cambio, dado el sentido político que adquirió la vida cotidiana en Cuba, emigrar a Estados Unidos se convirtió en una traición a la Patria. Escoger una pareja con creencias religiosas, en los 70, sería para el Ateismo Científico era un pecado capital. Esta es la dialéctica de fondo.

(21) La cantidad de municipio se ajustaría en un diseño estructural flexible. Este diseño debe significar un reconocimiento de las diversas regiones culturales y las reales estructuras sociales. En estos momentos se basa en una reducción productivista de la sociedad existente.


Santa Fe, Ciudad de La Habana, Cuba
17 de mayo de 2008

Contacto: ramon0260@gmail.com
Publicado en Kaos en la red

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MARTÍ DE HOY

Por Jorge Luis Acanda González

"A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente. En la política, lo real es lo que no se ve. La política es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al país de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás pueblos." José Martí.

Entre el 24 de Mayo de 1888 y el 23 de Marzo de 1891 tuvo lugar en América un proceso que José Martí comenta en un artículo titulado "La conferencia monetaria de las repúblicas de América" Una vez más, el apóstol logra desentrañar con su análisis las verdaderas intenciones de los que convocaban a dicha conferencia, por supuesto que EEUU.

El motivo oculto del convite era lograr que los países hispanoamericanos adoptaran una moneda de plata única en la comercialización regional para así lograr sobre valorar la plata de EEUU al nivel del oro con el que se pagaba en ese entonces sobre todo con Europa y, de paso, convertir a estos países Hispanoamericanos completamente dependientes del comercio con los propios EEUU. Sí, estamos hablando, aunque no lo parezca, de las ya incipientes bases de la explotación a que se llegó en el pasado siglo sobre los pueblos de América y que hoy se disfraza con un nuevo canto: "EL ALCA" o "TLC"

El pensamiento martiano es hoy, como antes, de una vigencia extraordinaria. Ese hombre genial que supo prever magistralmente el rumbo que tomarían los acontecimientos del continente latinoamericano bajo el acecho de la ya naciente potencia imperialista y sus artimañas para envolver a Hispanoamérica y convertir a sus países en neocolonias de este, valiéndose sobre todo de mecanismos de comercio que los hicieran dependientes únicamente de EEUU.

Pero hoy la situación es otra bien diferente en nuestro continente, puesto que cada vez más los latinoamericanos van despertando de su largo sueño y empiezan ha hacer causa común por el desarrollo independiente y mancomunado a la vez, entre todos los países de la región donde ese gigante implacable del monopolio no pueda seguir robando la riqueza de América toda. Sin embargo, sería iluso pensar que tal despertar pueda producirse por el simple deseo de unos cuantos, o de unos muchos, máxime cuando ya EEUU se prepara bélicamente para militarizar la región con su anunciada IV Flota de intervención que entrará a operar en Julio. Es una muestra evidente de que piensan preservar por la fuerza su hegemonía ante un continente que cada vez más clama a gritos su derecho a no ser explotado ni despreciado como "simples indígenas ignorantes".

Esa es la más grande batalla de ideas que debe librar hoy Latinoamérica, y digo de ideas aludiendo a lo que el propio Martí decía: "Trincheras de ideas pueden más que trincheras de piedras." La batalla de educarse, de unirse en un solo bloque que contenga el brazo de hierro de los EEUU. Cuba ha sido, con todos sus defectos, la insignia de resistencia contra ese monstruo y bien caro le ha costado al pueblo cubano su rebeldía heroica en los últimos 50 años ante tantos y diversos intentos de acallar el ejemplo que para los demás países ha dado y seguirá dando en una lucha que cada vez más se torna compleja ante la actual crisis mundial. Por ello es importante definir hoy más que nunca el rumbo de la revolución cubana en una renovación proyectiva, que dé una nueva luz para aquellos países que aún no despiertan y que con su ejemplo logre unir definitivamente a los pueblos de América.

La opción de un socialismo autogestionario, participativo y democrático, con todos los matices que pudiera implicar, no estaría divorciado del futuro que Martí soñó para Cuba y Latinoamérica: "A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente. En la política, lo real es lo que no se ve. La política es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al país de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás pueblos."

El gran reto de Cuba hoy no se circunscribe a sí misma sino a toda la región, pero teniendo en cuenta que es salvándose a sí misma que podrá salvar al continente: Solo el ejemplo de una república completamente justa y democrática podrá emanar la luz que guíe a las restantes al Socialismo del nuevo siglo y promulgar luego la unidad universal que nuestro planeta necesita para sobrevivir. "Por el universo todo debiera ser una la moneda. Será una. Todo lo primitivo, como la diferencia de monedas, desaparecerá, cuando ya no haya pueblos primitivos. Se ha de poblar la tierra, para que impere, en el comercio como en la política, la paz igual y culta. Ha de procurarse la moneda uniforme. Ha de hacerse cuanto prepare a ella. Ha de reconocerse el uso legal de los metales imprescindibles. Ha de establecerse una relación fija entre el oro y la plata. Ha de desearse, y de ayudar a realizar, cuanto acerque a los hombres y les haga la vida más moral y llevadera. Ha de realizarse cuanto acerque a los pueblos." Esto se resume a una premisa indiscutible: la unidad latinoamericana y universal sobre la base del respeto, la igualdad y la participación mancomunada de los hombres y, por ende, de los pueblos.

Rindamos honor a su obra y a su vida con el verdadero socialismo.

Ciudad de la Habana, 19 de mayo de 2008

Jorge Luis Acanda González
Trabajador y estudiante de Licenciatura en Estudios Socio Culturales.
Contacto: jorgeag6@navegalo.com
Publicado en: Kaos en la Red, 20.05.2008

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miércoles, 21 de mayo de 2008

El socialismo requiere la solidaridad, y ésta no se construye apelando al egoísmo

Por Camila Piñeiro Harnecker
Publicado en la revista Temas #52 (octubre-diciembre 2007)

En la cooperación planificada con otros, el obrero se despoja
de sus trabas individuales y desarrolla las capacidades de su especie.
Karl Marx. El Capital. Pimer Libro. Capítulo IX- Cooperación.

Creo que antes de discutir distintas maneras de reorganizar nuestra economía tenemos que estar bien claros cuál es el objetivo que perseguimos. Para poder valorar qué camino es más acertado, tenemos que saber a dónde queremos llegar. Se dice que el objetivo es salvar o profundizar “nuestro socialismo,” pero hay distintas interpretaciones de lo que éste significa sobre todo porque nuestras consideraciones han sido sobre forma y hemos olvidado el contenido. ¿Lo que nos preocupa es solo aumentar la productividad y la eficiencia, o que cada cubano tenga una vida plena en todos los sentidos?

Pienso que tenemos que retomar la esencia humanista del proyecto socialista. [1] Desde esa visión, no se trata sólo de satisfacer las necesidades materiales de nuestra población porque como seres humanos tenemos también la necesidad de sentirnos plenamente realizados, libres de poder desarrollarnos como individuos y miembros de una sociedad. Puesto que el desarrollo pleno de una persona (también conocido como "desarrollo humano integral") lógicamente incluye la satisfacción de sus necesidades materiales - no sólo de subsistencia sino todas aquellas que esa persona requiera - hacer lo primero el objetivo principal de la sociedad que queremos construir no significa sacrificar lo último. Pero como el desarrollo pleno de una persona no se limita a tener satisfechas sus necesidades materiales, si hacemos lo último nuestro objetivo sacrificamos lo primero en alguna medida.

Estudiosos de la democracia participativa han demostrado que sólo mediante las experiencias prácticas genuinamente democráticas podemos desarrollar nuestras capacidades intelectuales, morales, y humanas de todo tipo. La participación en la toma de decisiones en un ambiente de igualdad es un proceso educativo, moralizante e integrador que permite que nos sintamos seguros de nosotros mismos y que podamos romper con las barreras psicológicas que nos impiden desarrollarnos individual y colectivamente. [2]

Por tanto, si partimos de que el objetivo que perseguimos es que cada cubano se sienta verdaderamente libre—y aprenda a diferenciar ésta de la libertad que pregona el capitalismo: la “libertad” de consumir sin importar sus consecuencias para otros ni para la naturaleza—no queda dudas que la participación de los trabajadores en la administración o “autogestión” de las empresas, así como de las instituciones de gobierno y de cualquier otra esfera importante de la vida, debe ser un elemento constitutivo de la sociedad que queremos construir. [3] Es evidente que una empresa donde los trabajadores no puedan participar en la toma de decisiones, sea de propiedad legal privada, estatal o hasta de los mismos trabajadores, es una que no nos lleva donde queremos.

Además, si reconocemos que no es posible agregar mecánicamente los intereses individuales (es decir, las necesidades de desarrollo pleno) de todos en una suma que represente los intereses de todos porque siempre habrá intereses contrapuestos, nos damos cuenta que es necesario coordinarlos de forma democrática para así poder definir intereses sociales que se correspondan con los intereses de todos o la mayoría. Por tanto, tal coordinación o “planificación democrática” debe ser también un elemento constitutivo de la sociedad que construyamos. Una sociedad donde la distribución de recursos siga las leyes del mercado (aún bajo las condiciones irrealizables de competencia e información perfecta) es una donde las oportunidades de desarrollo de unos van a inevitablemente ser el resultado de limitaciones en el desarrollo de otros. Y lo mismo ocurre en una sociedad donde la distribución de recursos sea decidida de forma no democrática por una agencia de planificación central (aún si los planificadores y los administradores de las empresas tuvieran las mejores intenciones al decidir e implementar el plan), pues para que el plan represente los intereses de todos, tiene que ser democráticamente decidido.

Pero, ¿es posible coordinar los intereses de todos democráticamente? En otras palabras, ¿hay una alternativa al mercado y la planificación no democrática o “centralizada”? Pat Devine y Robin Hahnel (junto con Michael Albert) [4] han demostrado que mediante mecanismos de toma de decisiones genuinamente democráticos bien diferentes se podría lograr que las personas adapten sus intereses individuales de manera que se logre un acuerdo que represente los intereses de todos, y refleje el criterio de eficiencia social (que además de usar los recursos racionalmente, como plantea el concepto de eficiencia tradicional, tiene en cuenta valores sociales como la equidad) predominante en la sociedad. Hahnel formula un procedimiento que él llama “planificación participativa” en el que los productores y consumidores, organizados en consejos y federaciones, proponen y revisan sus propias metas de producción y cuotas de consumo en un proceso iterativo facilitado por una agencia que calcula los precios indicativos hasta llegar a un plan donde los compromisos de producción de las empresas cubran todas las necesidades de consumo. Con el nombre de “coordinación negociada,” Devine propone que las prioridades generales sociales y cambios estratégicos sean decididos a través de un proceso político democrático donde asambleas representativas a todos los niveles escojan entre opciones de planes alternativos (que indican la asignación de recursos productivos y la distribución de poder de consumo más generales, así como la distribución sectorial y regional de las inversiones) preparadas por una comisión de planificación nacional, y que el proceso de planificación continúe después hacia abajo a través de las comisiones de planificación elegidas democráticamente en cada región y sector económico. Para apreciar las ventajas de la planificación democrática, analicemos primero los sistemas de planificación centralizada y de mercado.

La distribución de recursos mediante una planificación centralizada crea muchas ineficiencias (desde el punto de vista la racionalidad en el uso de los recursos) precisamente por su carácter autoritario, no democrático. El plan es impuesto sobre los administradores de las empresas, y por tanto, no es compartido por ellos necesariamente. En cualquier caso, los administradores están motivados a indicarle a los planificadores que las capacidades de producción de sus empresas son menores de lo que son realmente, porque no quieren incumplir con el plan ya que esto resulta en sanciones como la separación del cargo o reprimendas morales y/o porque sobrecumplir el plan puede resultar en bonificaciones o aprecios. Es decir, los administradores de las empresas no están motivados a aumentar la producción, y menos su calidad y eficiencia, todo lo que sería realmente posible. Como solo los administradores—y más aún los trabajadores—saben realmente las potencialidades de la empresa, no hay nada que los planificadores puedan hacer para obtener esa información. Es posible establecer un sistema de control que sancione a las empresas que reportan por debajo de sus capacidades. Pero esto, además de que sería muy costoso y podría también afectar injustamente a los trabajadores, no es realmente efectivo porque no resuelve el problema de la falta de motivación de los administradores.

Evidentemente, las relaciones mercantiles estimulan a las empresas a maximizar sus ganancias; o más bien obligan, porque de ello depende su éxito o supervivencia. Pero esto no necesariamente significa que las empresas estén motivadas a aumentar la producción o mejorar su calidad. Enlugar de aumentar sus niveles de producción, les podría ser más provechoso disminuir o mantenerlos para así equilibrar la oferta y la demanda de manera que el precio de sus productos aumente. Las empresas se van a preocupar de la calidad solo en la medida que los precios de sus productos no estén muy por encima de los de sus competidores.

Y la eficiencia del mercado como instrumento de distribución de recursos no es más que un mito. Supuestamente, los mercados distribuyen los recursos eficientemente porque son capaces de establecer los precios que mejor representan la disposición de recursos (concretada en la “oferta”) y la capacidad de consumo de una sociedad (conocida como “demanda”).

Ciertamente, como las decisiones en un mercado están descentralizadas (son tomadas por las empresas y los consumidores, en lugar de por una agencia de planificación central), la información que se tiene en cuenta para distribuir los recursos es mucho más confiable que en un sistema excesivamente centralizado.

Pero, aunque los teóricos nos dicen que la demanda y la oferta se adaptan la una a la otra mutuamente para determinar los precios, en realidad lo más común es que los consumidores se adapten tanto a lo que produzcan las empresas como a los precios que ellas impongan. Los precios en realidad no son fijados espontáneamente por el equilibrio entre la oferta y la demanda, si no de forma antidemocrática por las propias empresas de acuerdo al control que tengan del mercado mediante monopolios, carteles o poder político, o garantías de alta demanda. Además, la oferta incluye productos que no deberían producirse desde consideraciones éticas, de salud o medioambientales; a la misma vez que ignora productos “públicos” (que no pueden ser consumidos de forma individual) y todos aquellos que, aunque necesarios, su producción no sea rentable por algún motivo. De hecho, la demanda solo representa las “necesidades” de consumo en la medida que nuestros ingresos o endeudamiento nos hagan “capaces” de consumir. Es decir, los recursos no son utilizados eficientemente porque la oferta no está guiada por necesidades de consumo reales sino por el empeño de las empresas de maximizar sus ganancias; y no es posible crear condiciones que garanticen que estos dos objetivos coincidan al menos en la mayoría de los casos.

La competencia del mercado obliga a las empresas a concentrarse en la acumulación de ganancias para poder sobrevivir. Y la manera más fácil de hacerlo es reduciendo o externalizando sus costos. Los primeros afectados son los salarios y condiciones de trabajo de los trabajadores y nuestro medioambiente, pero también los consumidores al disminuir la calidad y cantidades de productos necesarios o sufrir aumentos de precios. Es posible intentar resolver estos fallos del mercado estableciendo regulaciones como estándares de calidad y cuidado al medioambiente, cuotas de producción y control de precios, o más sutiles mediante políticas financieras, impuestos o subsidios. Pero estas medidas, así como en el caso de la planificación centralizada, además de que son muy costosas de implementar—sobre todo cuando no hay una cultura de acatamiento a las reglas—no son efectivas porque no cambian la motivación de los administradores de las empresas.

Cuando las empresas operan bajo relaciones mercantiles, por su propia definición (relaciones bilaterales entre los que ofertan y los que demandan donde cada parte busca maximizar su beneficio propio), lo que motiva a los administradores es aumentar al máximo sus ganancias. No importa quienes sean los administradores (capitalistas, representantes del estado o incluso los trabajadores en el caso de empresas autogestionadas), la lógica de su motivación les lleva a tratar de evadir cualquier regulación o compromiso social que disminuya sus ganancias. Aún si los administradores fuesen altruistas e intentaran acatar las regulaciones, lo más probable es que el mercado no les premie sino que les castigue con una reducción de sus ventas.

Por tanto, el rechazo al mercado como un instrumento tanto de motivación como de distribución de recursos no es ni dogmático ni simplista, sino una posición que refleja un entendimiento objetivo de su funcionamiento. Lo dogmático y simplista, en mi opinión, es no reconocer que tanto el mercado como la planificación no democrática tienen aspectos negativos y positivos. Del mercado, podemos tomar su descentralización u horizontalidad que permite que los agentes económicos estén mejor informados y tengan mayor autonomía; pero neguemos su carácter bilateral y su lógica egoísta que lo hacen ineficiente socialmente y no democrático al excluir de las decisiones a aquellos afectados que deberían poder defender sus intereses (por ejemplo, comunidades donde se ubican las empresas o de donde provienen sus insumos, otros consumidores y productores, y los propios trabajadores en empresas no democráticas). De la planificación no democrática, tomemos la coordinación que la hace más eficiente socialmente al evitar y disminuir desigualdades; pero neguemos su carácter centralizado y verticalista que la hace ineficiente al impedir que los agentes económicos estén mejor informados y tengan la autonomía necesaria para tomar las decisiones que les concierna.

Un sistema de planificación democrática no solo puede combinar los aspectos positivos del mercado y la planificación, sino que también ofrece una manera más efectiva de asegurar que las empresas cumplan con su responsabilidad social tanto de producir para satisfacer necesidades reales sin externalizar costos como de contribuir parte de sus ganancias para combatir desigualdades y para proveer servicios públicos universales. Como vimos, los intentos de regular las empresas bajo el mercado y la planificación no democrática son eventualmente inefectivos porque no se altera la motivación de los administradores de manera que sus intereses correspondan con los de la sociedad. Una planificación democrática crea las condiciones para que los administradores asimilen el interés social y para garantizar que se les premie por ello en lugar de castigarles como hace el mercado. ¿Sacrifica la planificación democrática la autonomía que supuestamente tienen las empresas y los consumidores en un sistema de mercado? Si entendemos “autonomía” como independencia para tomar decisiones—y no el derecho de ignorar los derechos de los demás—la planificación democrática aumenta la autonomía de muchos actores que son ignorados por ser “externos” a las transacciones mercantiles. En un sistema de planificación democrática ni las empresas ni los consumidores tienen planificadores imponiéndoles cuotas de producción o consumo, sino que las decisiones son tomadas independientemente por ellos a la luz de los intereses sociales. Además,
mientras que en el mercado esa soberanía es substantivamente afectada por la mayor inseguridad de los actores, en una planificación democrática las empresas y consumidores tienen mayor seguridad y por tanto pueden considerar opciones que serían impensables si tuvieran que preocuparse por mantener o alcanzar una cierta posición de control en el mercado.

¿Es posible usar el mercado para distribuir algunos productos cuyas cantidades no es necesario planificar mientras se crean las condiciones para pasar a la planificación democrática? Un sistema de planificación democrática no tiene por qué planificar las cantidades que deben ser producidas de todos los productos sino solo de aquellos que se consideren importantes. (Tampoco implica que todas las empresas tengan que ser de trabajo asociado sino que también puede haber empresas de propiedad privada simple, es decir, autoempleo o empleo familiar) Por otro lado, en la medida que sea necesario regular la producción de algunos de esos productos para asegurar parámetros de calidad y cuidado del medio ambiente, la planificación democrática, como hemos visto, podría ser más efectiva que el mercado.

El problema fundamental de recurrir al mercado es que al usar mecanismos de motivación basados en el egoísmo se hace más difícil que después podamos pasar a unos basados en la solidaridad. Las relaciones de intercambio mercantiles les enseñan a los consumidores y administradores de empresas a pensar sólo en sus intereses individuales—y colectivos, en el caso de las empresas autogestionadas—estrechos. Con el paso del tiempo se afianza el egoísmo y, como consecuencia, en lugar de establecer regulaciones para disminuir las desigualdades y otros males sociales se termina haciendo mayores concesiones al interés individual para no desincentivar la producción. Las experiencias en China, Vietnam y Yugoslavia—que además evidencia que las empresas autogestionadas tampoco pueden evadir los efectos del mercado—han demostrado los grandes riesgos que tiene la introducción de las relaciones mercantiles. [5] Si lo que queremos es construir una sociedad verdaderamente socialista, donde lo que motive a las personas a producir sea su realización personal desde una perspectiva solidaria, no podemos utilizar al egoísmo como palanca. Si la práctica diaria de las personas promueve sus egoísmos, nunca vamos a lograr que sean solidarias.

Más peligroso aún, el mercado fortalece el poder económico de los administradores (capitalistas o estatales) que les permite eventualmente hacerse del poder político y guiar la sociedad hacia la satisfacción de sus intereses. La privatización de empresas estatales y la aceptación de capitalistas privados en el Partido Comunista Chino es clara evidencia de ello. [6] Por otro lado, y volviendo al nivel micro, la manera más efectiva de asegurar que los trabajadores de una empresa estén motivados a cumplir el plan (o compromiso de producción) de su empresa es que sean ellos mismos quienes lo hayan decidido y que todos sufran las consecuencias de cumplirlo o no. La planificación democrática asegura que los administradores de una empresa estén motivados para cumplir el plan, pero solo si la administración es compartida entre todos los trabajadores logramos que ellos compartan esa motivación.

Cuando los trabajadores operan bajo relaciones de trabajo asalariado (característica del capitalismo y “socialismo de estado”), es decir, donde los propietarios legales de la empresa (sean capitalistas privados o instituciones estatales) dan el control de la administración a otros que no son los trabajadores, los intereses de los trabajadores no coinciden con los de los administradores. Éstos últimos tienen que buscar mecanismos para motivar la productividad de los trabajadores como el miedo al despido o los estímulos materiales, pero en algunas situaciones el uso del despido es inaceptable para la sociedad y es imposible o muy costoso implementar un sistema de estímulos materiales.

Cuando los trabajadores operan bajo relaciones de trabajo asociado, es decir, donde los propietarios legales de la empresa permiten que los trabajadores administren colectivamente la empresa, es evidente que los intereses de los trabajadores coinciden con los de los administradores pues son ellos mismos directa o indirectamente mediante representantes elegidos democráticamente. El reto aquí es definir un interés colectivo que sea compartido por todos, y asegurar que todos cumplan con él. Lo primero puede lograrse si es decidido democráticamente, y sobre todo si el número de trabajadores no es muy grande y los trabajadores tienen intereses semejantes o fácilmente reconciliables. Para impedir que algunos trabajen por debajo de sus capacidades, las empresas democráticas pueden establecer mecanismos de supervisión colectiva mediante el cuál los propios trabajadores puedan evaluar de cerca el desempeño de cada uno e imponer sanciones en casos que se considere necesario. Esto es posible hacerlo efectivamente sólo porque cada trabajador entiende que si otro trabaja menos esto afecta tanto el interés colectivo como el suyo propio. Además de motivar la productividad, la relación de trabajo asociado es una fuente importante de eficiencia porque los trabajadores están motivados a brindar información necesaria para organizar más eficientemente la producción que sólo se puede obtener cuando ellos son los propios administradores pues sólo ellos la conocen como resultado de su experiencia práctica.

En mi opinión, la causa esencial de que nuestros trabajadores no estén motivados para producir con eficiencia y calidad no es solo que tengan insatisfechas sus necesidades materiales, sino también la manera que está organizada nuestra economía tanto a nivel micro como macro. Por supuesto que es más difícil sacrificarnos por otros cuando nuestras necesidades básicas no están satisfechas. Pero la idea no es pedirles y menos imponerles a las personas que se sacrifiquen por otras pues esto, aunque no imposible, no es sostenible ni justo para los que se sacrifican más que otros. El reto fundamental de la construcción socialista es organizar la sociedad de manera que los intereses individuales de las personas—y los colectivos de las empresas autogestionadas — pasen de tener un carácter egoísta (cuando solo se preocupan por ellos mismos) a un carácter solidario (cuando tienen en cuenta los intereses de otros en la sociedad). Y la experiencia ya ha confirmado que las personas no desarrollan su solidaridad sólo como resultado de una educación que enfatice esos valores. La educación es importante, pero es fundamentalmente mediante la práctica genuinamente democrática que las personas pasan a ver los intereses de esos otros como propios, es decir, a adaptar sus intereses individuales a intereses más generales. [7]

La participación de los trabajadores en la administración de las empresas no solo contribuiría a su desarrollo pleno, sino que también sería una fuente de motivación bien importante. De hecho, reconociendo que para asegurar la calidad de todo servicio o producto que tenga cierto grado de complejidad es importante que los trabajadores estén genuinamente motivados, muchas empresas capitalistas se han reorganizado de manera que los trabajadores tengan más participación en la toma de decisiones y se sientan más dueños y por tanto más responsables de su trabajo. Varios estudios empíricos [8] han demostrado que mientras mayor sea el alcance y contenido de la participación (no sólo sobre la distribución de los ingresos de la empresa sino también sobre cómo organizar la producción, etc.), más motivados están los trabajadores. La motivación es aún mayor cuando la participación se combina con la vinculación del ingreso de los trabajadores al desempeño de la empresa; el cual sería evaluado de manera más justa mediante una planificación democrática que considere los beneficios y costos sociales que serían ignorados por el mercado.

Con esta reflexión no le estoy restando urgencia ni importancia a la necesidad de erradicar las graves deficiencias tanto cuantitativas como cualitativas de productos y de servicios que sufrimos los cubanos. Solo he tratado de demostrar que no es necesario recurrir a mecanismos de motivación basados en el egoísmo como el mercado para lograrlo. E intento alertar que si recurrimos al mercado ni vamos a lograr satisfacer las necesidades materiales reales de todos, ni después vamos a poder apelar a la solidaridad necesaria para satisfacer las necesidades de desarrollo pleno de todos; algo que debería ser parte de todo proyecto socialista que valore su contenido humanista. Más aún, corremos el riesgo de encontrarnos en una situación política donde la opción más “racional” (desde la lógica de los administradores) sea abandonar el proyecto socialista.

Tampoco estoy negando que es necesario hacer cambios profundos en la organización de nuestra sociedad para que logremos satisfacer las necesidades de desarrollo pleno de todos los cubanos. Todo lo contrario. Solo estoy diciendo que ni el mercado ni un renovado sistema de planificación centralizada nos va a permitir lograrlo. Hay mucho todavía que analizar sobre la puesta en práctica de un sistema de planificación democrática, pero creo que es nuestra mejor apuesta para avanzar hacia un socialismo que cumpla con sus promesas de desarrollo humano pleno. Una cosa es el pragmatismo de evitar cometer errores y otra cosa es el derrotismo o miedo al fracaso que nos impide intentar algo que no ha sido implementado a gran escala y por largo tiempo. ¡No tengamos miedo a las capacidades de administración y de ser solidarios que tenemos los cubanos!

Contacto: camila.pineiro.harnecker@gmail.com

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Notas
[1] Marx, Karl. [1858] “Grundrisse,” Notebook VII Marxists Internet Archive
http://www.marxists.org/archive/marx/works/1857/grundrisse/ch14.htm

[2] Pateman, Carole. (1970) Participation and Democratic Theory. Cambridge [England]: University Press. Michael Lebowitz ha desarrollado un análisis marxista de la relación entre lo que el llama “desarrollo humano” y la “práctica transformadora” en varios libros y artículos tales como A reinventar el socialismo (2006) y ¿Qué es el socialismo? (2006) .

[3] Pedro Campos Santos ha explicado en varios artículos y el libro La Autogestión empresarial y social: camino al socialismo del Siglo XXI (pendiente de publicación) el significado de pasar de la relación asalariada a la relación de trabajador asociado que debe caracterizar al socialismo.

[4] Hahnel, Robin (2005) Economic Justice and Democracy: From Competition to Cooperation. New York: Routledge; Devine, Pat (1988) Democracy and economic planning. Cambridge: Polity Press. Ambos modelos de planificación democrática son analizados en un artículo a ser publicado en el próximo número.

[5] Sobre la experiencia China ver Hart-Landsberg y Burkett (2006) China y el socialismo. Reformas de mercado y lucha de clases. Barcelona: Hacer; y sobre la yugoslava, ver Michael Lebowitz (2005) Siete preguntas difíciles: Problemas de la autogestión yugoslava y 2004. Lecciones de la autogestión yugoslava ; así como los yugoslavos Branko Horvat (1982) The Political Economy of Socialism: A Marxist Theory. Armonk, N.Y.: M.E. Sharpe; Jaroslav Vanek (1970) The General Theory of Labormanaged Market Economies. Ithaca: Cornell University Press.

[6] Clifford Coonan “Communists find a place at the table for China's new entrepreneurs” The Irish Times, October 22, 2007.

[7] Camila Piñeiro (2007) “Democracia laboral y conciencia colectiva en Venezuela. Un estudio de cooperativas” Temas #50-51.

[8] Levine, David I. and Laura D’Andrea Tyson (1990) “Participation, Productivity, and the Firm’s Environment.” Paying for Productivity: A Look at the Evidence. Washington, D.C.: The Brookings Institution, 1990. pp. 183-244.


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miércoles, 14 de mayo de 2008

Producción o salario: ¿qué va primero?

Por Pedro Campos Santos.

En el sistema de trabajo asalariado, típico del capitalismo, el costo de la fuerza de trabajo queda incluido en el costo de producción. Por tanto, el valor de la fuerza de trabajo no depende de los resultados de la producción: es al revés. La disyuntiva: siguen con el trabajo asalariado pero pagando la fuerza de trabajo por su valor, o avanzamos a nuevas relaciones de producción socialistas.




Que en Cuba, algunos políticos y militares insistan: no puede haber aumento de salario mientras no haya aumento de la producción, es relativamente comprensible; pero que lo aseguren economistas, es cuando menos negligente.


Si se analiza en detalles cómo se conforman los precios de las mercancías en el sistema del trabajo asalariado, vemos que el costo de la fuerza de trabajo está incluido en el costo final de producción y por tanto, el valor de la fuerza de trabajo no depende de los resultados de la producción, sino que es al revés: los resultados de la producción, la cantidad de productos y costos de las mercancías dependen, entre otros factores, de la inversión hecha en fuerza de trabajo, lo que se paga por ella.


El valor de la mercancía o producto creado está determinado por la cantidad de trabajo abstracto invertido en ella, cantidad de trabajo socialmente necesario para su producción, escribió Marx, el pretérito y el agregado, el gasto en medios de producción, materias prima y fuerza de trabajo, aunque el precio en el mercado está influido ya por otros factores como la ley de oferta y demanda, aunque siempre tienda a su costo relativo social original.


La fuerza de trabajo, que en el sistema de trabajo asalariado es una mercancía más, se paga por su valor, el cual se mide por el costo de su reproducción, lo necesario para mantener al trabajador (sea manual o intelectual) produciendo una mercancía o cantidad de determinadas de ellas. Ese costo de la fuerza de trabajo (capital variable en el capitalismo) se agrega al resto de los costos de la mercancía. Así cuando un producto sale ya al mercado, el valor de la fuerza de trabajo está incluido, se sabe cuál es. De manera que el precio de la fuerza de trabajo, el salario, es conocido de antemano, es anterior a los resultados de la producción.


De manera que en la conformación del precio del producto, se incluye como componente el valor de la fuerza de trabajo. Los trabajadores recibirán su paga luego de producida la mercancía que una vez vendida, recupera la inversión que se hizo en el pago del trabajo. Cuando esto se observa así con toda claridad y transparencia, aún cuando se mantenga la explotación asalariada, no hay razón ninguna que justifique pagar salarios que no compensan los costos de vida.


Queda así evidente la falsedad del enunciado de moda: no pueda haber aumento de salario si no hay aumento de producción. Es precisamente todo lo contrario: no habrá aumento de producción mientras no se valore correctamente a la fuerza de trabajo, se incluya en la formación del costo de producción y en consecuencia se pague debidamente al trabajador.


Si se quiere mantener el sistema estatista, vertical, de trabajo asalariado, típico del capitalismo, pero donde sean los burócratas designados desde arriba, haciendo la función de capitalistas, los que tomen las decisiones sobre la producción y los salarios, tendrá entonces que tenerse en cuenta el costo de la fuerza de trabajo e incluirlo en el precio de las mercancías. De lo contrario seguiremos con los bajos salarios, la falta de estímulos y los deficientes resultados productivos.


Rápido vendrán los defensores del “socialismo de estado”: “En el socialismo la fuerza de trabajo no es una mercancía, la acumulación centralizada es necesaria para pagar los servicios de salud y educación que son gratis”. “Si se les paga mayores salarios a los trabajadores que realizan labores de producción directa, entonces no podríamos tener tantos médicos y maestros” (ni tantos burócratas ni aparatos improductivos). Con ese “argumento” tratarían de demostrar que el uso de la fuerza de trabajo por el capital estatal no se puede pagar por su valor, sin percatarse que eso implica que los salarios no satisfacen –en este sistema- las necesidades racionales de vida de los trabajadores, lo cual sería reconocer que el “socialismo de estado” “necesita pagar menos a los trabajadores” que el propio capitalismo, lo cual está en la base del fracaso del estatismo asalariado.


Esta “concepción del socialismo” que se niega a considerar la fuerza de trabajo como mercancía pero que en cambio le da tratamiento de tal al “pagarla con un salario”, encierra una gran contradicción: se quiere mantener la forma de trabajo asalariada, típica del capitalismo, pero sin considerar sus leyes, sin tener en cuenta la ley del valor-trabajo, sin querer pagar la fuerza de trabajo por su valor. Se pretende el “socialismo” con la peor, desgarrante, vergonzosa y más importante “arma mellada” del capitalismo: el trabajo asalariado, pero arriba de eso, sin respetar el valor de la fuerza de trabajo.


Vayamos por parte: Nada es gratis. Todo sale del sudor de los que trabajan. A los trabajadores de la salud y la educación hay que pagarles también por su trabajo. Se ha querido definir que el trabajo de un médico no es “pagable”, pues “no se sabe cuanto puede costar salvar una vida, la vida no tiene precio”. Veamos en detalles el “argumento”. Este criterio parte de una incorrecta interpretación de la ley burguesa extensiva a los inicios del socialismo: “de cada cual según su capacidad a cada cual según su trabajo”, al presuponer que se paga por los resultados del trabajo y no por el valor de la fuerza de trabajo.


El valor de la fuerza de trabajo no se mide por el valor de la mercancía, producto creado, o servicio brindado, sino por lo que cuesta mantener y reproducir esa fuerza de trabajo. El “valor” del trabajo de un médico no está en el invalorable significado de salvar una vida, sino en lo que cuesta mantener económicamente a ese médico y a su familia, con el nivel de vida necesario para que ese médico sea capaz de trabajar eficientemente. Cualquier otra significación que quiera dársele al “valor” del trabajo del médico es idealista, voluntarista y sólo se presta a confusión para definir la forma de pago del trabajo.


Igual del maestro se dice: ¿Cómo valorar todo lo que pueda crear la educación? Pero el valor del trabajo de un maestro, no está en la multitud de valores que podrán crear sus educandos en el futuro, sino en lo que cuesta alimentar, calzar, vestir y techar al maestro y su familia en manera tal que le permita hacer eficientemente su trabajo.


La diferencia entre lo que se paga al trabajador por su fuerza de trabajo y lo que produce en valores esa fuerza de trabajo, es el plustrabajo, excedente o plusvalía, del cual se apropia el capitalista individual en el capitalismo, o el estado en el “socialismo de estado”, en verdad un capitalismo de estado que pretende ser benevolente, buen repartidor, benefactor, paternal, el viejo socialismo, una suerte de “estado de bienestar” que se queda distante de su original concepción socialdemócrata y que ya ha fracasado en todas partes.


Ya se ha dicho, no es culpa de nadie, fue lo que se nos enseñó, lo que se nos vendió por socialismo, lo que había en la gran Unión Soviética que todos admirábamos y cuya desviación y caída sigue gravitando sobre el movimiento comunista y revolucionario mundial que no sale del bache por la ausencia de una alternativa socialista capaz de movilizar a la moderna clase trabajadora.


Ni el médico, ni el maestro, ni ningún trabajador, recibirá “el fruto íntegro de su trabajo”, ya eso fue explicado por Marx al criticar esa noción lassalleana, y sólo en una nueva forma de trabajo, distinto al asalariado, el cooperativo, el trabajador podrá recibir una mayor parte del resultado de su trabajo, por el hecho de que ya no habrá plusvalía de la que se adueñe capitalista alguno, privado o estatal.


Esta diferencia sobre lo que recibe el trabajador entre el trabajo asalariado y el trabajo cooperativo, es lo que hace que el segundo sea más humano, más justo, más racional y estimulante y por tanto más productivo también y menos predador de la naturaleza.


En consecuencia no es posible seguir argumentando que para pagar más salario, hay que producir más. Simplemente, en el sistema de trabajo asalariado hay que organizar la producción y los costos, teniendo en cuenta lo que hay que pagar a los trabajadores, respetando las leyes de la producción asalariada, inherente al capitalismo, que desea mantener el “socialismo de estado”.


Nuestros economistas y políticos defensores de no cambiar nada en la esencia del sistema (las relaciones de producción) responderán: pero eso es capitalismo puro, a pulmón, con sus leyes mercantiles, la fuerza de trabajo como mercancía, etc., todo eso que hemos criticado los comunistas en los últimos 200 años. Pues claro, capitalismo simple y llano, no disfrazado de socialismo, así es como funcionaría mejor una economía sustentada en el trabajo asalariado, ¿no es acaso eso lo que quieren mantener?


Pero como diría Maruja la peluquera, “te peinas o te haces papelillos”, una de dos: 1) siguen con el trabajo asalariado; pero entonces respetando el valor de la fuerza de trabajo o, 2) avanzamos a su eliminación y a la introducción paulatina y creativa -pero generalizada- de nuevas relaciones socialistas de producción basadas en el cooperativismo y la autogestión y entramos de lleno a resolver la gran contradicción entre el objetivo socialista que se pretende y la forma capitalista de conseguirlo.


Lo otro que hay de fondo en todo esto es que, al parecer, algunos no han acabado de entender todavía que el “viejo socialismo, ese basado en la propiedad del estado, el esquema centralizado de acumulación y el trabajo asalariado” es en verdad un capitalismo de estado mal administrado, que ha llevado a buena parte del pueblo y los trabajadores a pensar, como solución, en el capitalismo que conocen por las películas del sábado por la noche y las remesas que mandan los familiares, muchos de los cuales lo hacen bajo terribles condiciones de explotación, trabajando dos jornadas diarias. Arreglemos de una vez, pues, todo este entuerto.


Socialismo por la vida.

La Habana, 14 de mayo de 2008

perucho1949@yahoo.es

http:/www.kaosenlared.net/rss/kaos_colaboradores_195.xml

http://es.geocities.com/amigos_pedroc/index.html

http://analitica.com/va/internacionales/opinion/8777149.asp.





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Hacia dónde va Cuba con las reformas

Analistas cubanos y argentinos explican los alcances y limites de este proceso (publicado en Página 12, lunes 12 de mayo de 2008)

Los cambios en marcha en la isla, como el acceso a bienes de consumo, tienen un origen económico. Los expertos advierten que debería acentuarse el protagonismo del movimiento obrero. El gobierno de Raúl Castro habilitó hace un tiempo la venta de líneas de celulares para la población.


Cuba avanza por un camino sinuoso para reactivar su economía. Superado el crítico período especial de los años ’90, el presidente Raúl Castro comenzó a aplicar reformas para mejorar la productividad y las condiciones de vida de los cubanos dentro del llamado socialismo. Sin embargo, académicos de Cuba y Argentina alertan que los cambios emprendidos pueden restaurar la economía de mercado de no contar el gobierno de la isla con un plan claro y el protagonismo político del movimiento obrero.

“El nuevo gobierno tomó medidas que son un triunfo del pueblo. Pero sin un control de los trabajadores las medidas descentralizadoras y las que privilegian el consumismo de los pudientes potencian una nueva clase ligada al mercantilismo, a la economía emergente y a sectores del aparato burocrático”, señaló el investigador de la Universidad de La Habana y ex diplomático cubano, Pedro Campos.

Desde que Castro asumió la presidencia, el 24 de febrero pasado, los cubanos están presenciando lo que algunos analistas entienden como una nueva etapa política y económica. Con una coyuntura internacional más favorable que la década pasada, sobre todo en América latina, el gobierno cubano permitió en los últimos meses el acceso de sus habitantes a bienes de consumo –computadoras, lectores de DVD, televisores– y eliminó la prohibición del alojamiento en los hoteles. Asimismo, habilitó la venta de líneas de celulares, descentralizó la entrega de tierras y estimuló algunas producciones agrícolas privadas. Semanas atrás aumentó el 99 por ciento de las pensiones y el salario de jueces y fiscales.

En el plano político, también hubo novedades. “El reemplazo de Fidel Castro por Raúl en las funciones gubernamentales significó un reforzamiento del papel de los ministerios y otras dependencias oficiales en la realización de sus planes y proyectos, en desmedro de la costumbre más personalista de Fidel”, explicó a Página/12 el historiador argentino Juan Luis Hernández.

Si bien los primeros cambios significan una mayor liberalización de determinados bienes y servicios, Frank Josué Solar relativizó su importancia. “No tienen trascendencia, excepto por el hecho de que acentuarán aún más o harán legales diferencias sociales entronizadas en Cuba a partir de los años ’90”, dijo a este diario el historiador de la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba. No obstante, Pedro Campos cree que la medida es positiva por su contenido democrático: “Aunque esos productos y servicios sean sólo accesibles para personas con altos ingresos, lo más importante es la restauración de algunos derechos de los cubanos”, indicó.

En lo que la mayoría de los analistas acuerdan es en que no pueden demorar un minuto más las reformas estructurales. Aunque el ministro de Economía cubano, José Luis Rodríguez García, señaló en febrero que la isla registró un crecimiento significativo en los últimos años, lo que coloca a Cuba en el quinto lugar en la región según la Cepal, la crisis vivida en la década pasada afectó seriamente la estructura productiva del país. Por ello, ahora más del 80 por ciento de los alimentos son importados a la isla.

Según la revista empresarial Cuban Foreign Trade, el sector turístico ha ejercido una notable influencia sobre la economía nacional en los últimos 17 años (1990-2007). “El sector terciario tenía un peso del 77,1 por ciento de la economía en 2006 frente al 57 que tenía en 1989, mientras que en ese período la industria ha pasado del 33 por ciento al 18,2 y la agricultura del 10 por ciento al 4,7. En 2007, más del 70 por ciento de los ingresos externos, más del 60 por ciento de la ocupación y más del 60 por ciento de las inversiones se generaron por los servicios”, señaló.

Pese a que la ONU ubica a Cuba en el sexto lugar en Salud entre 300 países en desarrollo, según Hernández, existen informes que señalan crecientes problemas en el sistema de viviendas, transporte urbano y signos de deterioro con la salud pública, como consecuencia de la exportación de servicios y personal. El otro aspecto, añade, es la extensión social de la corrupción.

Lejos de ser espontáneas, las medidas surgen tras los debates que agitaron la isla en los últimos dos años y la influencia del proceso venezolano. Desde entonces, temas como la corrupción, la economía y el socialismo invaden de a poco la agenda de los medios, como lo evidencia el correo de lectores del diario oficial Granma y de Juventud Rebelde. Varios analistas creen que después de la alarma encendida por Fidel cuando llamó a evitar la reversibilidad de la revolución socialista en 2005, Raúl marcó un momento de inflexión en julio del 2007 al convocar a debatir los problemas de Cuba.

En tanto, los académicos defensores de la revolución consideran que los cambios recientes enfrentan serios límites. “Las acciones promovidas hasta ahora no rebasan todavía el socialismo de Estado basadas en la propiedad estatal, el trabajo asalariado y la concentración de las decisiones políticas”, advirtió Campos. Solar saca conclusiones similares. “Estas medidas deben ser entendidas como un retroceso obligado por las circunstancias, un mal necesario pero temporal, y nunca como una vía hacia el socialismo”, dijo. “De lo contrario, se corre el riesgo de que las reformas vayan hacia el capitalismo, cuando la solución está en el control obrero y la profundización de la democracia obrera”, afirmó.

Fuente: Página 12

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